—Si eres idiota, mejor no abras la boca. Solo haces que se note más —respondió Mateo con evidente desdén.
Ese imbécil aún no se había dado cuenta de que Valeria lo estaba arrastrando al fango con ella.
Pero no importaba. Si el golpe no era lo bastante duro, era normal que siguiera ciego.
—Mateo, ¿cómo puedes decirme algo así? ¿Acaso no tengo dignidad?
Pablo solía ser alguien sereno y racional, pero ese día sentía que su temperamento estaba fuera de control.
Sentía que una nube negra lo perseguía y que todas las desgracias se le habían juntado.
Antes no se sentía así.
Tiempo atrás, cuando Mateo e Isaac se quejaban de tener una racha de mala suerte, a Pablo no le afectaba en absoluto.
Siempre pensó que las cosas le salían a pedir de boca, pero últimamente sentía que le habían echado mal de ojo.
—Mientras no te saques toda el agua que tienes en la cabeza, no hay manera de que pueda ayudarte.
Mateo no quiso perder más el tiempo con él y les hizo una seña para que se largaran o se callaran de una vez.
Luego, giró lentamente la cabeza y posó su mirada en Alba. Su rostro, habitualmente frío y severo, se suavizó en un instante.
Una ternura inocultable brilló en sus ojos. Su aura se volvió cálida y amigable, como si fuera una persona completamente distinta a la de hace unos segundos.
—Albita, tú sigue con lo que ibas a decir. No le prestes atención a los inútiles.
Sus palabras no solo ofendieron a Valeria, sino que de paso también hundieron a Pablo.
Ambos, llenos de ira por el insulto, no podían decir nada dadas las circunstancias del evento.
Alba enarcó una ceja. El favoritismo de Mateo no la ablandó en lo absoluto; su corazón permaneció inalterable.

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