Aquella noche, Henry se sintió perturbado, ver a Katherine, su hermosa exesposa, luciendo como una Diosa tan segura de sí misma ante las cámaras, había sido, quizás, demasiado para él, que aun meditaba sobre la posibilidad que existía de ya ser padre sin saberlo antes. Pensar en que era posible que ya tuviera hijos y con la mujer que una vez amó con demencial entrega, era como haber entrado en un terrible torbellino de emociones que lo atormentaban miserablemente. Si resultaba ser cierto, ¿Por qué Katherine no se lo dijo?, su historia quizás, sería otra muy diferente a lo que era la cruel realidad actual.
Levantándose del sofá, el apuesto magnate decidió que necesitaba nadar para despejar todas aquellas emociones que lo estaban atormentando, su mejor terapia fuera del alcohol era ejercitarse un poco, y el agua caliente de la piscina le ayudaría a calmar el dolor de sus músculos tensos.
Tomando sus cosas, Henry salió de su pent-house para dirigirse al último piso de aquel lujoso edificio, con la esperanza de tranquilizarse. Sin embargo, la discusión entre dos niños pequeños que estaban en el elevador, lo distrajo momentáneamente de sus pensamientos.
—¿A dónde van niños?, son muy pequeños para andar solos. — dijo el hombre al que los niños no le miraron el rostro, y que a cambio el los veía extrañado.
—Queremos ir a la piscina, ¿Nos ayuda señor? — dijeron los gemelos al unisonó, al tiempo que ambos miraban a aquel hombre.
—Creo que es algo peligroso que un par de pequeños suban solos a la piscina, ¿En dónde están sus padres? — cuestionó Henry Bennett, mirando a aquellos pequeños con ojos idénticos a los suyos.
Aquellos niños se habían quedado mudos al mirarlo, y él también se quedó helado al notar el color de sus cabellos, castaños y sedosos, así como el peculiar color de sus ojos…eran azules, como el zafiro.
Un niño, y una niña.
—Ustedes… ¿Quiénes son?, ¿Quién es su madre? — cuestionó Henry con cierta desesperación en su voz.
Retrocediendo tímidos un par de pasos, Gabriel y Emma, asustados y demasiado sorprendidos, salieron corriendo del elevador que cerró sus puertas inmediatamente después de que los gemelos salieron de él, dejando a Henry dentro.
—¡Es igual a nosotros!, ¡Tiene que ser papito! — gritó Gabriel que detuvo sus pasos en ese momento.
Emma sollozó.
—Si, él es papito, tenemos que regresar y decirle que es nuestro papito, me asuste un poco pero no debimos correr. — respondió Emma entre lágrimas.
—Si, vayamos con papito. — dijo Gabriel.
A punto de correr de regreso al elevador, fueron, sin embargo, detenidos por María y una de las sirvientas.
—¿A dónde creen que van traviesos? — cuestionó la vieja nana evidentemente molesta.
Gabriel y Emma, comenzaron a llorar en ese momento, mirando fijamente al elevador, habían perdido su oportunidad por miedosos, pensaron ambos.
—Por favor nana, queremos ir a la piscina, ¡Déjanos ir!, ¡Déjanos ir! — gritaron ambos entre lágrimas.
Katherine, contenta, se abrazaba de sus gemelos y los llenaba de besos. Cuando terminara con Henry, ellos podrían construir una vida plena y feliz sin que nada perturbara su paz, aquello también lo hacía por ellos y para ellos, así Henry no tendría oportunidad alguna de lastimarlos.
—Son unos bribones, pero son los bribones más bellos y dulces del mundo, ya verán que todo va a estar bien, que vamos a ser muy felices todos juntos. — decía Katherine con emoción.
Los niños reían ante los besos de su madre que además les hacía cosquillas, dejando ver lo felices que eran junto a la mujer que les dio la vida, pero sin dejar de sentir aquella ausencia de su padre.
—Eres la mejor mamá del mundo mamita, te amamos mucho, y vamos a ser muy felices todos juntos. — aseguraban los gemelos al mismo tiempo, y también llenaban de dulces besitos a su madre, pensando en la vida maravillosa que tendrían cuando lograran reunir a sus padres.
Katherine era feliz con ellos, sin embargo, el temor de que Henry algún día supiera que los niños eran también sus hijos, la asustaba terriblemente, quizás, las advertencias de su padre no debían de pasarle como lo hacían...pero aquel irrefrenable deseo de venganza, era más poderoso que ella.
En su pent-house, Henry caminaba de un lado a otro sintiéndose ansioso; había intentado por todos los medios comunicarse con Katherine, sin embargo, no había tenido éxito alguno y quería verla, charlar por largo tiempo, volver a sentirla en sus brazos para pedirle perdón por lo que le había hecho y contarle lo mucho que se había arrepentido por eso, además, la imagen de aquellos niños tan parecidos a él no dejaba de darle vueltas en su mente, haciéndole pasar una noche en vela. Necesitaba saber quiénes eran ellos, necesitaba saber si los hijos de Katherine eran también sus hijos, y la incertidumbre lo estaba matando.
Tomando su celular, Henry rápidamente encontró el número de su hermano.
—John, por favor, necesito que hagas algo por mi…investiga en donde está viviendo Katherine Holmes, necesito hablar con ella. — demandó.

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