En su viejo departamento, John miraba al techo de su habitación en donde se había hospedado por aquellos días inciertos. Aun sentía el calor del pequeño cuerpo de Katherine Holmes pegado al suyo, y recordaba vivamente el aroma peculiar de su perfume. Katherine había sufrido, quizás tanto o más que el, y sin ser realmente culpable de lo que se le acusó. Henry había causado mucho daño en las vidas de ambos.
Katherine deseaba venganza, y después de escuchar lo que le dijo a su hermano la tarde anterior, entendía la razón de ello. Sin embargo, el aun no deseaba lastimar a su familia, después de todo, eran su familia, le gustara o no esa era la verdad, aunque Henry había hecho mucho daño con su indiferencia, ¿Cómo podría el saber que Henry sería tan despreciable, si su hermano siempre se mostró como una buena persona? Katherine le había pedido ayuda en su venganza, pero el, había dado un no por respuesta y pretendía mantenerlo así.
Esa tarde acudiría a visitar a su madre, le explicaría todo lo que sabía, y esperaba que ella entendiera lo que estaba en juego con ese par de pequeños que probablemente eran los hijos de su hermano...el realmente no quería perjudicar a nadie. Levantándose de la cama, John se apresuró en salir y subir a su auto para ver a su madre, esperando que ella lo comprendiera todo y lo apoyara, así como también esperaba que dejara de atacar a Katherine.
Meditando, John concluyó que Henry, por otro lado, y a diferencia de ellos, no estaba haciendo nada bien las cosas con las empresas familiares, quizás debido a la depresión y al estrés, pues recién se había enterado de que los negocios Bennett no iban viento en popa, esto debido a algunas ausencias de su hermano mayor; muchos inversionistas comenzaban a verlo con malos ojos, sobre todo a causa de sus escándalos con mujeres y el alcohol.
Se decía que Henry había caído en un terrible alcoholismo después divorciarse de Katherine, y muchos incluso lo presionaban a tomar como esposa a Emily Cega, quien era la hija y heredera de la familia Gibson, una de las mayores inversionistas de los Bennett. Si lo que su excuñada tramaba hacer era acabar con el imperio de su hermano, no le costaría realmente demasiado esfuerzo, pues Henry ya casi lo había logrado por el mismo.
Tomando su chaqueta, John salió con rumbo al tienda de Katherine antes de ver a su madre, quería hablar con ella sobre lo que sabía, y, quizás, también quería verla.
Poniéndose en marcha, John meditaba sobre todo lo que había ocurrido, y sobre el papel que tenía Katherine ahora que regresaba a casa con sed de venganza. No la ayudaría, pero tampoco la detendría, después de todo, ella tenía derecho de destrozar la vida de Henry, cuando el no tuvo reparos en arruinar las suyas por dinero.
Mientras conducía por la enorme ciudad de New York, John vio a Katherine entrando a un lujoso y conocido restaurante, sin embargo, no iba ella sola, junto a ella iban sus dos pequeños de cabello castaño, a quien no alcanzo a verles el rostro. Dos niños de aproximadamente seis años, cada uno tomado de las manos de Katherine, aquello le pareció curioso, Katherine tenía hijos, eso ya lo sabía, pero que existiera la posibilidad de que estos niños fueran hijos de su hermano mayor, lo abrumaba, quería saber más al respecto, pero viéndola ocupada, decidió ponerse en marcha hacia la mansión de su familia. Sería en otra ocasión.
La enorme mansión Bennett se alcanzaba a ver, y el, nervioso, entraba en aquella propiedad que los vio crecer con amor a él y a su hermano. Su madre no tenía idea de que iba a visitarla, en realidad, nadie sabía que él también estaba consciente del regreso de Katherine a New York, aunque ya suponía que todos sabían que Katherine estaba allí. Estacionando su auto, entro en aquella enorme casa que tenía años sin ver, la misma en donde tanto Katherine había sido señalada y humillada con crueldad por culpa de las mentiras de Emily Gibson.
Entrando, John toco con nostalgia aquellas paredes, y echó de menos su vieja vida, con sus padres y hermanos, cuando eran realmente felices y no había motivaciones banales de por medio, o, al menos, eso había creído. Aun le resultaba increíble que Henry en verdad hubiese sido capaz de tanto, sin embargo, ¿Quién más podría haber sido la causa del dolor de Katherine? Si el único que se benefició de todo ello había sido él.
—¿John? ¿Eres tú? —
Aquella voz femenina y familiar había hecho que los ojos azules del Bennett se llenaran de lágrimas, pues de todos a los que extrañaba, era su madre quien llevaba la corona, a pesar de haberlo alejado de ella.
—Madre. — dijo abrazándola al llegar hasta ella, y la vieja mujer besaba a su hijo añorado en las mejillas.
—John…mi pequeño, te he extrañado tanto, es bueno que me visites, aunque ya casi nunca lo haces. — decía la señora Antonella Bennett, abrazando a su hijo.
John dejaba salir las lágrimas, pues llevaba semanas añorando el calor de su madre. La mujer, acariciaba el rostro de su hijo, a quien había echado de menos desde el momento en que se lo envió lejos.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.