El roció de la mañana besaba las rosas rojas en los jardines de aquella casa. Las aves cantaban hermosas melodías que a cualquiera podría alegrarles el corazón. El sol ya se había asomado con su brillo eterno sobre las colinas, y, sin embargo, Emily sentía que su rabia y celos iban en aumento.
Su madre, hablaba con la madre de Henry por teléfono, sobre retomar el compromiso entre ella y el apuesto magnate, pero la rabia que sentía por el desaire de Katherine y los aires de superioridad que aquella pordiosera le había demostrado, la mantenían irritada en exceso. De ninguna manera podría tolerar aquello, de ninguna manera podría consentirlo. Katherine Holmes no era nada más que la hija de un hombre humilde; no tenía nada en si misma para tener esa superioridad y restregársela en la cara…era simplemente intolerable.
—Pensé que estarías más feliz, después de todo, mamá te está cumpliendo tu capricho. — dijo Arthur.
La voz de su hermano tan solo logró irritar aún más a Emily.
—El que debería de estar más feliz, eres tú, finalmente conseguirás ser el heredero de la familia Gibson, bravo por ti. — respondió Emily con amargura.
Arthur soltó una risa.
—Seamos sinceros, con esa obsesión tuya por ese Bennett, no hubieras sido capaz de llevar las empresas familiares como se debe, en realidad, ninguna mujer debería de asumir cargos tan importantes, ya sabes…siempre tan sentimentales, tan hormonales y enamoradas, completamente ciegas por su hombre e incapaces de ver las cosas con frialdad, y ni hablar si se convierten en madres. Las mujeres solo deben dedicarse a ser bonitas, a estar bellas para sus hombres y complacerlos en la cama, procrear a sus herederos…fuera de eso, no sirven para nada más, así que agradéceme, hermana, gracias a mí, podrás ser solo la esposa del hombre al que deseas, el perfecto florero de Henry Bennett. — dijo con frialdad Arthur.
Emily dio una mirada cargada de rencor en contra de su hermano, quien, burlándose, tan solo se alejó de ella. Emily odiaba a su hermano menor, odiaba la idea de saberlo el heredero…pero más que eso, odiaba pensar en Henry junto a Katherine. Vistiéndose para salir nuevamente, se acomodó un lujoso vestido, sus más caros zapatos, y las joyas de oro y diamantes que tenía como predilectas. Se peinó y maquilló, se perfumo, y luego, mirando con desprecio a su madre y hermano, tomo su bolso de lujo para irse de compras nuevamente. Tomando su bolso, la caprichosa mujer subió a su auto, y se dirigió al departamento de aquel magnate al que deseaba.
Henry, para variar, había amanecido con dolor de cabeza, pero esta vez, no por sus típicas resacas; en realidad, su noche fue pensativa, reflexiva y pesada, meditando en Katherine y sus hijos una vez más. Había mandado hacer aquella prueba de ADN, y con ella en mano, iba a enfrentar a su ex esposa una vez más.
Repentinamente, el timbre de su departamento sonó, y la sirvienta abrió la puerta dejando pasar a Emily Gibson…Henry sintió en ese momento, que su dolor de cabeza se había incrementado.
—¿Por qué es que has cambiado las cerraduras? — cuestionó Emily con molestia.
Henry sonrió de manera irónica, Emily, genuinamente, creía tener derecho de reclamar algo.
Dejando a Henry confundido por sus palabras, Emily salió del departamento del magnate, y caminando hacia su lujoso auto color rosa, Emily se subía en el para irse al centro comercial y estar con su segundo gran amor: el dinero.
Mirando las tiendas, probándose vestidos, pasaba la tarjeta de crédito una y otra vez comprando cosas que seguramente dejaría botadas en el armario después de usarlas solo una vez. Aquella vida de lujos y comodidades, en donde el dinero no le hacía falta y podía comprarse lo que quería en el momento en que ella quería, era todo lo que más le preocupaba perder si Henry la dejaba como a un perro callejero por correr tras de Katherine, pues ella había renunciado a ser la heredera de la familia Gibson, y eso no podía permitirlo.
Luego de su frenética faena de compras compulsivas, Emily caminó hacia aquel restaurante de lujo en que había citado a un viejo amigo…alguien que iba a ayudarle a deshacerse de su problema. Sentándose en la mejor de las mesas, ordenó el mejor vino y una sabrosa langosta para acompañarlo. Ella no iba a perder lo que tanto esfuerzo había logrado obtener, y menos por culpa de la perfecta Katherine.
—Hola Emily, tiempo sin verte, ¿para qué me has llamado aquí? — dijo un hombre joven que se sentó a la mesa con la rubia.
—Hola Gregory, adelante, pide lo que gustes, yo invito, pero, tenemos que hablar de negocios — respondió Emily con malicia. Después de aquello, tenía una parada más antes de regresar con su madre, y conocer lo que ella y la madre de Henry habían acordado, y esperaba que fuera una visita productiva.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.