—Siempre me has gustado, desde el primer momento en que te vi, supe que tú eres para mí, pero me eres prohibida porque eres la esposa de mi hermano… —
—¿Lo que dices es verdad? Siempre te vi como algo más que solo mi cuñado, realmente cuando te conocí, sentí esa conexión especial como si te conociera de toda la vida, pero desvié mi mirada porque soy la esposa de tu hermano, esto no puede ser, aunque sintamos lo que sintamos, sabemos que nuestro amor está prohibido… —
—Huye conmigo, vámonos lejos de toda esta gente que jamás podría comprender lo nuestro, si tu sientes lo mismo que yo, bésame ahora y seré solo tuyo, bésame ahora y me tendrás para siempre… —
Katherine miraba como aquella pareja se besaba apasionadamente. El bote de helado estaba casi vacío, y ella, se sentía tan sensible que aquella cursi escena la había dejado con mil pensamientos y sentimientos que parecían debatirse con fiereza entre ellos. John Russel no solo era el hermano de su exesposo, también, era varios años menor que ella, y aquello, naturalmente, era un gran impedimento para que por su mente pudiera pasar algo más. Negándose a pensar mas en el hermano menor de su exesposo, la rubia, suspiró.
Sus hijos estaban ya durmiendo tranquilamente a su lado en aquella enorme cama pues, aunque los pequeños tenían su propia habitación, compartían con ella casi cada noche. Acariciando el cabello de su hija y luego el de su hijo, observo detenidamente a sus gemelos, ambos, eran realmente idénticos a su padre biológico, tanto, que sería realmente imposible no adivinar que ambos llevaban la sangre de Henry Bennett en sus venas.
Había sido muy difícil todo lo que juntos padecieron, pero ella nunca se había dado por vencida. Si Henry alguna vez lo supiera, ella no le permitiría estar junto a ellos, después de todo, el, sin piedad alguna, la había arrojado al abandono y a la miseria negándose a creer en ella y ahora vivía tranquilamente para sus propios fines egoístas, no iba a dejar que el los conociera jamás.
Levantándose de la cama, caminó hacia la cocina para dejar aquel bote vacío, pero su mirada se había detenido en aquellas rosas que John Bennett le había regalado. Acercándose a ella, repasó con las yemas de sus dedos los suaves pétalos de aquellas flores y aspiró su delicado aroma. Las había traído con ella y las había cuidado lo mejor que podía. No entendía porque le resultaban tan especiales y fascinantes, sin embargo, no podía dejar de apreciarlas.
Sus labios se entrecerraron al recordar aquellos pocos momentos que habían compartido, y sus mejillas se enrojecieron severamente. Luego, el rostro de John se dibujó en sus pensamientos. Aquello estaba resultando en una gran ironía, pues admitía que, de no tener cuidado, comenzaría a ver a su excuñado como algo más de lo que jamás se habría permitido.
Katherine suspiró. Ella habría amado y aun amaba eternamente a Henry, pues aquel hombre alguna vez fue todo lo que ella soñó, pero, Henry la había traicionado, negado y humillado sin piedad, haciendo que su alma entera se fragmentara. Quizás, no era lo más correcto poner sus ojos en John, y menos aún era una buena idea pensar en ser algo más con ese hombre cuando ella no deseaba volver a enamorarse.
Tenía miedo.
Alejándose de las rosas, Katherine se forzó a dejar de pensar en John, en Henry, y en todo lo que había estado aconteciendo, al menos por esa noche, quería dormir tranquila.
Un nuevo día había comenzado, y John firmaba algunos documentos.
—Bien señor Bennett, desde ahora este departamento le pertenece, que tenga un bonito día. —

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.