Katherine había sido huérfana de madre desde muy joven; ninguno de sus parientes había querido cargar con ella para ayudar a su padre, y, por ende, tan solo en él había encontrado su primer apoyo en medio de la adversidad, y los sacrificios que él había hecho para ayudarla, se los había recompensado al triple. Ella no había deseado lo mismo para sus pequeños; que sufrieran las mismas carencias y batallas que ella, por ello era por lo que a pesar de no tener nada, jamás pensó en separarse de ellos, y había logrado a base de becas, ayudas del gobierno y demás, terminar la carrera que había deseado siempre para poder ayudar a su padre y darles una buena vida a sus hijos.
Finalmente, y después de un largo rato, llegaba a la vieja mansión de los ingleses, que antes que nadie le había brindado la oportunidad de ejercer siendo todavía una novata. Estacionándose, bajó de su auto para ir a ver a aquella persona, quizás, la única en la que realmente confiaba.
—¡Katherine! ¡Que gusto verte! —
Rostros conocidos la saludaban amablemente, recordaba a todos ellos con mucho cariño.
—¿Cómo están? He venido a ver a Jackson, ¿Esta por aquí? — cuestionó Katherine con una sonrisa.
—Si Katherine te está esperando en su oficina, y no te preocupes, el personal a cambiado desde que te fuiste, los que sabemos de tus hijos, no diremos nada. —
Aseguraba una de las amables estudiantes becadas con quien había tenido el gusto de trabajar.
Katherine sonrió, y platicando solo un momento con aquella mujer le agradecía por su ayuda, luego, se despedía de ella para ir directamente a ver a Jackson Williams, su salvador personal y el dueño de aquel lugar, el único hombre realmente decente que ella había conocido en todos esos años.
Subiendo por el elevador, se sintió nerviosa; sabía que Jackson había tenido que ausentarse unos días para atender asuntos con la realeza, y que estaba realmente ocupado en esos momentos, pero él era el único a quien realmente podía acudir con entera confianza. Finalmente estando frente a las puertas de su oficina, pidió ser anunciada y se le permitió entrar sin mayor problema.
—Hola, Jackson. — saludó Katherine animadamente.
El hombre de cabellos rubios y de hermosos ojos grises que se ocultaban tras aquellas gafas, despegó su vista de los papeles que estaba revisando. Una sonrisa se había dibujado en su rostro, y levantándose de su lugar, caminó para abrazar a Katherine.
—Katherine, que gusto me da volver a verte, perdona si no te visité después de ayer como te dije, estos asuntos con la reina me tienen bastante ocupado. — admitió Jackson.
Katherine se dejó abrazar por su mejor, realmente lo había extrañado esas semanas de ausencia, y su corta visita del día anterior la había dejado con ganas de un poco más de charla.
—Todo está bien Jackson, la tienda va de maravilla, pero sabes que no he venido para hablar de eso. — dijo Katherine con sinceridad.
El hombre le indico que se sentara, y volviendo a su escritorio, dejo de lado sus pendientes para poner toda su atención en la joven hermosa de cabellos rubios a la que amaba tanto.
Levantándose de su asiento, nuevamente caminó hacia la Katherine y la hizo ponerse de pie. Besando su mejilla deseando hacerlo en sus labios, le sonrió.
—Katherine, sabes bien que te he pertenecido desde el momento en que te conocí, de sobra ya conoces mis sentimientos, pero sé que no puedes amarme como yo a ti, hare lo que me pides, hare cualquier cosa que tú me pidas, da por hecho que acabaremos con esos farsantes, pero esto lo hago solo por ti. No mantengo esperanza alguna de que me mires de otra manera que tu querido amigo, por más que yo desee otra cosa, lo he pensado, y aunque la diferencia de edad es suficiente entre nosotros, me siento de esa manera, te agradezco que confíes en mí, no voy a decepcionarte. — aseguró Jackson.
Katherine acaricio el rostro de ese hombre, el hermano y amigo que siempre deseo tener. Era verdad, no tenían una conexión directa con un romance, aunque si el mismo sentimiento de amor genuino en diferente forma. El hombre era realmente devoto a ella, lo había conocido años atrás y por mera casualidad, y había sido Jackson quien indudablemente le había ayudado a que su carrera despegara.
Sus ojos tras esos lentes eran grises como el color de las tormentas, su piel era pálida, clara como el color de las hojas de otoño, un hombre en sus cuarenta y dos años tan solitario como un lobo paría que voluntariamente se había alejado de su manada. Quizás, en otro tiempo, hubiera podido verlo como algo más, pero no había ocurrido de esa manera.
—Siento mucho el causarte dolor…Jackson. —
El hombre besó la mano de Katherine y negó.
—No me causas dolor, me has bendecido con este sentimiento que por ti tengo, ve tranquila, viajare próximamente a tu lado para ayudarte con todo lo que necesites, por ahora, sigamos charlando, quiero ponerme al día con estos Bennett y lo que haremos con ellos. — suplicó Jackson.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.