En New York, John se sentía como un gato enjaulado al no saber en dónde se encontraba Katherine, ni saber que era ese asunto tan urgente que tenía que atender en Nevada. Había hablado con el gerente Neville, pero de nada había servido, el tipo no sabía nada, o, si sabía, no iba a decírselo fácilmente. Por supuesto, no había sido un idiota que hizo preguntas directamente, tan solo se limitó a preguntar por su relación laboral con Katherine, pero eso había sido suficiente para que el negara conocerla de manera intima.
Había muchas cosas que desconocía del pasado de la mujer que estaba pretendiendo, pero si algo sabía bien, era que ningún secreto duraba oculto para siempre. Por lo pronto, el también intentaría ayudar de manera discreta para que nadie más supiera nada de esos niños, por los cuales ya sentía una enorme curiosidad, después de todo, eran sus sobrinos.
Katherine regresaba de aquel viaje con una buena sensación. Los Bennett no la tendrían sencilla intentando tumbarla. Les demostraría que ella tenía también de donde agarrarse, y les daría una pelea que no estaba dispuesta a perder. Contaba con Jackson Williams después de todo.
En su solitaria mansión, Jackson mantenía sus pensamientos en Katherine, sin embargo, el nombre de John Bennett y la manera en que su joven protegida hablaba de él…le habían dejado el corazón inquieto. Sabía que Katherine era una mujer inteligente, pero, después de todo, ella seguía sintiendo amor hacia Henry Bennett, y esa curiosidad que sentía hacia el hermano menor de este, tan solo desataría el caos si aquella trascendía más allá de lo debido, y eso, por supuesto, no debía de ser.
En New York, el canto de los pájaros esa mañana era realmente hermoso. A pesar de aquella ligeramente fría brisa, el cielo estaba despejado mostrando un hermoso cielo celeste con algunas nubes blancas que se hallaban dispersas.
La emoción de un par de niños que desde temprano se hallaban despiertos, podía notarse en aquellas risitas juguetonas e inocentes que se escuchaban por todo el departamento de Katherine Holmes, y que llenaban de alegría el corazón de la mujer.
Era fin de semana, y desde luego, aquel par de traviesos gemelos añoraban salir de paseo como hacían antaño a los parques; en esta nueva ciudad aún no lograban salir de paseo tan a menudo, tenían a Central Park justo enfrente.
— Mami, mami, ¡Queremos ir al parque! — gritaron al unisonó los niños de cabellos castaños y ojos azules, que hiperactivos brincoteaban por aquí y por allá.
Katherine se río junto a ellos; era imposible no contagiarse de su alegría, y sintiéndose un poco más tranquila, después de varios meses de haber llegado a New York, decidió sacar a pasear a sus pequeños.
La feria del condado estaba abierta, y sabiendo bien que nadie de los arrogantes Bennett se rebajaría a asistir a un evento como ese, les sonrío a sus pequeños, ¿Porque no? Después de todo, los pobres niños apenas y si habían visto el exterior desde que llegaron a vivir a ese lugar.
— ¿Les gustaría ir a la feria? —
Los ojos de Gabriel y Emma se iluminaron completamente y su rostro se mostraba lleno de emoción.
— ¡Si! ¡Si queremos ir a la feria! — gritaron los niños que intensificaron sus brincos y risas emocionadas, y luego abrazaron a su madre que compartía su felicidad con ellos.
— Bien, bien, vayan a bañarse y vestirse, salimos en una hora. — dijo Katherine alegre de ver la felicidad y la emoción de sus hijos.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.