Katherine asintió, y caminando juntos a donde estaban los pequeños Gabriel y Emma, se sonrieron el uno al otro comenzando a charlar de cosas triviales. Una vez allí, John se despedía de los niños y de su madre, sin embargo, la mano de Katherine lo detuvo en el acto.
—No tiene que irte, creo que entre más personas seamos será más divertido. — sugirió Katherine.
John sonrió de lado, y tomando discretamente de la mano a Katherine, en una sola mirada le dijo todo aquello que sentía por ella.
—De acuerdo, por supuesto que será más divertido, no existe nadie en el condado que sepa jugar mejor a los dardos que yo, puedo conseguirte el peluche que tú quieras, mi puntería no tiene igual ya lo sabes, en donde pongo mi ojo…atino la bala. — respondió John guiñando un ojo.
Katherine se sonrojo demasiado al entender el doble sentido que encerraban aquellas palabras, y sonriendo, todos juntos se dirigieron finalmente a la feria para disfrutar de ella.
—Entonces señor, ¿Usted puede conseguir un peluche? — cuestiono la pequeña gemela.
Emma jaló la camisa de John, y lo miro con tanta ilusión e inocencia que el hombre se sintió realmente conmovido. Agachándose al nivel de la niña, notó que ella guardaba solo un cierto parecido con Katherine, y se sintió completamente enternecido por la chiquilla, que, después de todo, llevaba su sangre.
—¿En serio si puedes? — cuestiono Gabriel impresionado.
—Así es duendecillos, puedo conseguir el peluche que quieras, ¿Hay alguno que les guste? —
La pequeña Emma señaló hacia un enorme peluche de unicornio que había en el puesto de los aros, y, a su vez, Gabriel apuntaba hacia un koala de igual tamaño.
—Veo que les gusta lo más extravagante, que coincidencia, también a mí, vamos allá, tendrán a ese unicornio y ese koala esta noche. — aseguró John.
Tomando de la mano a los pequeños, John se dirigió hacia aquel puesto de feria con la intención de ganar aquellos trofeos para ese par de gemelos tan despiertos.
Aro tras aro, John se emocionaba igual que los niños que estaban impacientes esperando a su lado. Katherine miraba como sus hijos, sin conocer a John parecían sentirlo realmente cercano. Su corazón, repentinamente se sintió herido, pues aquella postal habría sido lo que soñaba cuando fue la esposa de Henry, pero no había sido de esa manera. Henry no había creído en ella, y la había arrojado a la calle con crueldad después de ser humillada…se sentía herida, pues aquel amor que aun sentía por su exesposo, no debían de ser.
—Señora Holmes, parece que ese hombre se ha ganado a los niños, es la primera vez que no los veo tan cerrados a otra persona. — aseguro María.
Katherine sonrió, el comentario de la niñera la había hecho sentirse bien. John no era Henry, y el hombre que parecía ser todo un casanova impredecible, de hecho, se había ganado sin esfuerzo a sus hijos.
—¡Bien! —
—¡Lo hizo, lo hizo! —
Los gritos de John y los gemelos celebrando el triunfo del primero, habían hecho que la Holmes sonriera genuinamente, aquella era una gran noche, después de todo.
—Les dije que sí podría. — respondía John a los gemelos.
—El dinero no es problema, tu solo tienes que encontrar algo que la incrimine gravemente en cualquier cosa, dame las herramientas que necesito para acabar con ella, y nunca más tendrás que preocuparte por dinero. — prometió Emily Gibson.
El hombre asintió, y tan rápido como había llegado, se había marchado. Emily ordenaba su comida para esa tarde, regresaría a casa y tal vez al día siguiente visitaría a Henry, esperando a que el hombre ya se hubiese resignado enteramente a su destino. Se sentía ansiosa por nuevamente sentirlo cerca de ella, por saberlo tan solo suyo y para siempre alejado de Katherine.
El corazón de Henry, sin embargo, lejos estaba del de su joven ex prometida Emily, pues a pesar de que estaba consciente de lo que su madre y la madre de ella planeaban, él no estaba dispuesto a casarse con aquella caprichosa mujer que ya se había ganado todo su desprecio. Cada uno de sus pensamientos y los latidos de su pecho, seguían siendo solo para Katherine. Henry estaba realmente enamorado de aquella mujer a la que le prometió el felices para siempre, la hermosa rubio de piel nívea que se le había metido en lo más profundo de su ser, casi en el mismo momento en que la conoció.
Sin embargo, Katherine había jugado con fuego al acercarse a su hermano; su fiel amor parecía estar con la persona menos esperada. Aquella traición que ella y John le habían hecho, le había dejado completamente rota el alma, y no soportaba la idea de saberlos juntos, enamorados uno del otro, metidos desnudos en una cama mientras se profesaban amor eterno. Quizás, durante todos esos años que estuvo llorando por su Katherine, había esperado que ella también estuviese pensando en él, y que, si tenía algún amor, ese amor no prosperara, pero no había sido de esa manera, pues, aunque ya eran siete años desde esa tarde, ellos debían de seguir juntos…siempre juntos.
Sus ojos azules se fijaron en ellos, los miraba regresar de alguna cita romántica en su hora de descanso, ambos, riéndose el uno con el otro como si no solamente se llevaran muy bien, si no como si en verdad de comprendieran y complementaran, mientras el mundo a su alrededor dejara de existir completamente.
Eran ya varios días que hacía aquello; espiaba a Katherine, y no sabía si era por mero masoquismo, por curiosidad, o por aquellos terribles celos que día y noche lo estaban consumiendo. Al mirar como Katherine miraba a John y como esté la miraba a ella, sentía su sangre hervir dentro de sus venas, y aun cuando aquel era su hermano menor, deseaba destrozarlo sin piedad alguna, después de todo, John le había arrebatado todo su mundo, y el esperaba hacerle lo mismo.
Katherine fue, y siempre seria todo lo único que más amaba e importaba en la vida, pues aquella, alguna vez, había sido la mujer más dulce, compresiva y cariñosa que cualquier hombre pudiese desear; entregada a su amor con todo lo que tenía, la perfecta mujer que sería la madre de sus hijos, y que esperaría a por él cada tarde después de sus jornadas de trabajo. Aquella vida que siempre deseo tener, la había imaginado únicamente con ella, Emily nunca había entrado en esos planes, y realmente no deseaba tener hijos con ella, pues ese deseo tan primario, tan especial, era algo que solo quiso con Katherine, solo con ella y nadie más.
Y ya tenían hijos juntos, aquellos hermosos niños a los que no estaba dispuesto a perder.
Mirándolos entrar de nuevo al lugar, arrancó su vehículo para regresar el mismo a su oficina de trabajo, de alguna manera iba a lograr separarlos, y Katherine regresaría a su lado lo quisiera o no.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.