En ese momento, Katherine sintió tocar el cielo. Hacia tanto tiempo que su cuerpo no había sido besado y tocado de tales maneras, que sus bochornos, en ese momento, le hicieron recobrar la cordura. Levantándose abruptamente de aquel escritorio, la hermosa rubia miró a John Bennett a los ojos.
—No puedo hacer esto…no es correcto. Tu eres un hombre maravilloso, pero no puedo…lo siento. — dijo Katherine con lágrimas en los ojos y voz trémula, para luego salir corriendo de su propia oficina empujando a John.
John se quedó en silencio. Por supuesto, no podía presionarla a hacer aquello; Katherine había sufrido mucho, y él no podía demostrarle que era igual que Henry. Sonriendo para si mismo, el apuesto hombre se acomodó la camisa, sintiendo el sabor de Katherine Holmes en sus labios; aquello era mucho más de lo que había imaginado, y sintiéndose completamente prendado de ella, decidía no dejarla ir. Katherine debía de ser solo suya, y el la protegería de Henry y de todos aquellos que buscaran dañarla. Se lo había prometido.
En su departamento, Henry Bennett observaba el video que aún conservaba de su boda con Katherine. La penumbra finalmente había caído, y dándole un vistazo rápido a aquella hoja de resultados de ADN, nuevamente se sentía miserable. Sabía que debía enfrentar a Katherine de una vez por todas; él tenía derecho de ver a sus hijos y convivir con ellos, sin embargo, no quería lastimarla, no quería herirla más de lo que ya lo había hecho.
Su exesposa había corrido a los brazos de su hermano menor, pues él le había fallado, y reconocer aquello, lo heria en lo más profundo de su alma. John no era un mal hombre; en realidad, era bastante capaz e inteligente, además, también había sido culpa suya que su hermano menor tuviera que marcharse lejos cuando su madre lo forzó a entrar en aquel internado de Italia en donde prácticamente terminó de educarse el solo, y sobreviviendo con sus propios recursos debido al “castigo”.
Derramando lágrimas en silencio, Henry reconocía para sí mismo y con extrema dureza, que todos los acontecimientos actuales se debían a él; él era el único culpable de todo lo que estaba pasando, pues no debió jamás echar a Katherine de su vida ni permitir que su madre y Emily la humillaran de tal manera.
Aquella miseria que sentía hacia sus adentros no era culpa de nadie más que de él mismo, y admitirlo lo heria profundamente.
Escuchando la vibración de su celular, vio en la pantalla que aquel era el número de su investigador privado, y secándose las lágrimas, decidió atender de inmediato.
—¿Qué es lo que ocurre?, ¿Acaso no sabes la hora que es? — cuestionó Henry con molestia.
—Una cosa más señor, sobre aquellas fotografías que menciono una vez…también pude averiguar que la señorita Gibson, se vio con un reconocido diseñador gráfico de la ciudad en aquellos meses previos a su divorcio con la señora Holmes. Pude conseguir su información y la anexe a los archivos que le estaré enviando. Intente hablar con el sujeto, pero insistió en no saber nada de la señorita Gibson. Que pase buenas noches. — mencionó el investigador, para luego terminar la llamada.
Henry se quedó escuchando un rato la línea telefónica, mientras sus pensamientos lo atormentaban una y otra vez. Ya no tenía ninguna duda; Emily Gibson había inventado toda aquella mentira sobre Katherine, y él había creído en ella como un completo imbécil. Recordó en ese momento a Katherine a sus pies, suplicándole que creyera en ella…y el, no le había creído a su esposa; él había preferido creer en las palabras y las falsas pruebas de una mujer despreciable y cruel, antes que creerle a la mujer con la que soñaba compartir el resto de su vida.
Era un miserable, concluyó para sí mismo, y merecía todo aquel desprecio que Katherine sentía hacia él.
Aun así, no podía dejarla irse…pues la amaba como sabía que no amaría a nadie más en el mundo, y a los hijos que tenía con ella, también los amaba. Katherine, sus hijos, y aquel hogar que siempre soñó, eran todo lo único que él deseaba tener en su vida…y por recuperarlos, era capaz de todo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.