Antonella Bennett observaba los correos de la compañía esa mañana, y bebiendo ansiosamente de su taza de té, chocaba los dedos impacientes contra el fino escritorio de su estudio privado. Los números recientes no eran buenos; desde hacía varios días las ventas no parecían hacer nada mas más que bajar. Emily Gibson debía de casarse pronto con su hijo, sin embargo, Henry parecía poner poca o nula atención en la empresa; aquellas pérdidas financieras junto a los clientes y proveedores que se habían marchado no eran tan pequeñas para tomarlas a la ligera, y aquella situación comenzaba a estresarla…si se cometían más errores, más pronto que tarde terminarían en la ruina, por ello esperaba que el matrimonio de Henry con Emily los fortaleciera, y así pudiesen reanudar el progreso.
Tomando el teléfono, Antonella llamó a su asistente; alguien tenía que ocuparse del trabajo hasta que superarán esa escandalosa crisis económica y familiar que comenzaba a sacarla de sus casillas. ¿Qué iba a hacer con aquella situación? Se preguntaba la orgullosa y pedante señora Bennett; desde la muerte de su esposo, los problemas no habían hecho más que incrementarse; la empresa familiar había quedado consolidada como una de las mejores, pero no había sido sencillo mantenerla en dónde estaba.
Henry Bennett, su hijo y heredero, se convertiría pronto en el esposo de Emily Gibson, y el ya no podría estar, aunque lo quisiera, detrás de Katherine Holmes, aquella sucia mujer que no había hecho nada más que traer deshonras y desgracias a su familia; su regreso junto a Divane, los habían puesto en una situación difícil, y sin embargo Henry no parecía querer nada más que recuperarla...y eso era algo que simplemente no debía de ocurrir.
Si algo llegase a pasar, con el respaldo de la familia Gibson podrían superar una futura crisis. El testamento secreto de su obstinado esposo sería sacado a la luz dentro de algunos meses, y allí se revelaría su última voluntad. Henry sería, por supuesto, el único heredero de la familia Russel, sin embargo, John, quien los traiciono, no debería de saber que su padre en realidad si había dejado una importante cantidad de dinero y varias de las acciones de las compañías a su nombre; ella se había empeñado en mantener aquello como un secreto, pues no estaba dispuesta a cederle nada al rebelde hijo menor que también, y para su gran desgracia, se había enamorado de la ex mujer de su propio hermano…Katherine era una embustera que había engatusado a sus dos hijos, y ella no podía regresar a su familia, ella no era digna…Katherine jamás podría serlo. Jamás.
Al final de todo, los Bennett no perderían…y Henry, casado con Emily Gibson, traería al mundo a los futuros herederos de su dinastía, y eso era lo único que realmente importaba entre toda aquella maraña de situaciones que la embustera de Katherine había provocado, concluía Antonella…un nieto, un varón, cambiaria el rumbo de las cosas, y esperaba tenerlo pronto.
En su habitación de la mansión Gibson, Emily miraba las viejas fotografías en donde ella y Henry aparecían juntos; Henry había sido su único amigo junto a su hermano John, y saber que ambos estaban detrás de la misma mujer la ponía mal; sus mezquinos celos afloraban de nuevo perturbando sus emociones, y saber que existía una posibilidad de que los hijos de Katherine fueran también los de su Henry, la enloquecía.
Tenía que casarse pronto con él, tenía que embarazarse y darle un heredero propio; de esa manera aun si los bastardos de Katherine eran hijos de Henry, sus propios hijos con el apuesto magnate serian sus legítimos herederos…y por ello, había decidido realizarse estudios de fertilidad para cuanto antes quedarse embarazada de Henry, ese sería su primer objetivo una vez que estuvieran legalmente casados, concluyó Emily.
Dos golpes en su puerta, sin embargo, sacaron a Emily de sus pensamientos, y antes de que pudiera responder, ya tenía a su hermano dentro de su habitación.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.