—Bien, la inauguración de la nueva tienda en la ciudad no será tan grande como hicimos la anterior, pero si mucho más exclusiva; solo tendremos a las personas más importantes como invitados en nuestra gala, así que vayan preparando y enviando las invitaciones. — ordenaba Katherine a su gerente y amigo Neville.
—Bien cariño, será como digas, escuché que la hija del gobernador regresó a la ciudad, y sé que son buenas amigas, así que la incluiré entre los invitados junto a su padre. — respondió Neville con tranquilidad.
Katherine sonrió animadamente y complacida; Serena era una muy buena amiga, y uno de sus mayores soportes en sus tiempos más difíciles mientras estudiaba, así que era una muy grata sorpresa saberla de vuelta.
—Si, hazlo. — respondió la rubia.
Sintiendo como su celular vibraba, Katherine miró en la pantalla un numero desconocido. Apresurándose a responder imaginando que sería alguno de sus proveedores, abrió grandemente los ojos al escuchar la voz al otro lado de la línea.
—Katherine, soy Henry, tengo que avisarte… —
En ese momento, la rubia sintiendo como el corazón se le subía a la garganta, cortó la llamada, y con dedos temblorosos, procedió a bloquear el número. ¿Cómo rayos Henry Bennett había conseguido su número privado de celular?, molesta, Katherine se sentó en una silla para recuperar el aliento…no importaba lo mucho que aborreciera a ese hombre, inevitablemente sentía que su mundo temblaba cuando escuchaba su voz, y se odio a sí misma por ello.
En el hospital De la Luz en New York, Henry intentó marcar una vez más el número de Katherine, pero sus llamadas eran directamente rechazadas; era evidente que la mujer había bloqueado el número. Molesto y nervioso, Henry intento marcar de nuevo, pero el resultado fue el mismo durante el par de veces siguientes en que lo volvió a intentar.
—Señor Bennett, ¿Logró usted contactar a la señora Holmes? — cuestionaba su médico de confianza a donde había decidido llevar a la nana de sus hijos.
Henry negó. — Temo que no me fue posible, pero te pido que atiendas a la señora, yo correré con todos los gastos, así que solo quiero la mejor atención para ella. — ordenó.
El médico asintió.
—La condición de la señora es delicada; por su edad avanzada tendré que realizarle estudios para determinar la causa de su desvanecimiento, por ahora está durmiendo. — respondió el médico.
Henry asintió. Mirando a la vieja nana, el apuesto magnate se sintió genuinamente preocupado por la mujer, después de todo, era la niñera de sus hijos. Saliendo de la habitación, el hombre caminó hacia sus pequeños, que junto a su chofer esperaban en la sala de espera.
—Papito, ¿Nanita va a estar bien? — cuestionó Gabriel con sus ojitos llenos de lágrimas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.