En la mansión Gibson, Emily se encerraba en su habitación, mientras se mordía las uñas ansiosamente. Aquella visión de Henry junto a aquel par de niños tan parecidos a él, la había perturbado; ¿Quiénes eran?, ¿Qué relación tenía su prometido con ellos?, y, ¿Acaso esos niños eran los mencionados hijos de Katherine Holmes?
Aquella última pregunta que Emily se había hecho a sí misma, la perturbó aún más…si esos niños resultaban ser los hijos de esa mujer, entonces, Henry ya sabía de su existencia, y eran sus hijos…y aquello, la hizo temblar.
—¿Por qué?, ¿Por qué Henry estaba con ese par de niños?, ¿Quién demonios son esos mocosos? — se cuestionó a sí misma.
Dejándose caer sobre su cama, Emily Gibson sollozó, al tiempo en que golpeaba los almohadones con sus puños. Se sentía incontrolable, con deseos de destruirlo todo a su paso; ella debía de ser la única mujer que le diera hijos al hombre al que amaba, ¿Incluso aquello le tenía que ser arrebatado por Katherine Holmes? Se cuestionó con amargura.
Si, algo dentro de ella le decía que aquellos pequeños con enormes sonrisas y cabellos castaños eran definitivamente los hijos de su Henry, y esa sensación de vacío que sintió dentro de ella misma, la estaba destruyendo.
Repentinamente, las crueles palabras de su hermano chocaron en su mente hiriendo también su corazón; ¿Acaso nada de lo que ella hiciera nunca sería suficiente?, ¿Por qué Henry había tenido que enamorarse de esa mujer y no de ella?, ¿Por qué jamás podía ser suficiente para nadie?, derramando lagrimas amargas sobre su almohada, aquel odio tan intenso e insoportable que sentía hacia Katherine Holmes se volvía cada vez más intenso.
El pecho le dolía, le quemaba, y la amargura de sentirse insuficiente, indeseable y tan fea y poca cosa, le hirieron aún más su dolorido corazón.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.