La tarde había caído en el salón de belleza, y Katherine sentía como su querido amigo e importante diseñador Carl Valentino, a quien había conocido en una pasarela en Milán y desde entonces habían llevado una hermosa amistad, maquillaba su hermoso rostro con la maestría que solo él podía. Colgado en la pared, se hallaba el hermoso vestido que la hermosa rubia de ojos verdes usaría para esa noche: un largo vestido de terciopelo azul zafiro en corte sirena, que se amoldaría a su cuerpo, de larga cola que caía desde la media espalda como una cascada, y con hermosas incrustaciones de diamantes a lo largo de él. Aquella prenda era un diseño propio de Katherine, y que tan solo ella usaría; no saldría a la venta, ese vestido era único y ella sería la única en el mundo en poseerlo.
—Esta noche sin duda alguna vas a brillar mi bella Charlie, nadie podrá igualar la majestuosidad del vestido que diseñaste para este evento, es tan elegante, sofisticado y al mismo tiempo tan dramático, que no puedo evitar pensar que lo diseñaste así para impresionar a un hombre. — dijo Carl terminando el hermoso maquillaje de Katherine.
Katherine sonrió dejando ver un poco de su amargura.
—Alguna vez fui esa chica ingenua que deseaba verse hermosa para su hombre especial…pero de ella, ya no queda nada. Este vestido no es para un hombre…es para dar inicio a una venganza. — respondió la hermosa rubia arrastrando dolor y rencor en sus palabras.
Carl sonrió comprensivo.
—Entonces me encargaré de que esta noche, luzcas tan bella y sublime como la diosa Venus. Ninguna otra mujer logrará opacarte mi querida Charlie. — respondió Carl.
Katherine sonrió, y viendo sus labios carmesíes en el espejo, supo que, efectivamente, esa noche nadie podría opacarla.
En el pent-house, María les daba la cena a los gemelos Gabriel y Emma; había tenido que ordenar comida a domicilio al no poder usar la cocina debido al problema en la tubería.
—Tendré que informarle a su madre lo que ha ocurrido, así que, si ustedes par de pillos tuvieron algo que ver con este incidente, les pido que me lo digan ahora mismo, de todas maneras, lo sabremos pronto. — regañó María con paciencia.
Los gemelos se miraron entre sí, y ya habiendo hecho un acuerdo, Gabriel alzó su manita.
—Por accidente yo tire uno de mis carritos, lo siento nana. — se disculpó el pequeño.
María sabía que un solo cochecito no sería suficiente para ocasionar un desastre de tal magnitud, pero sabiendo bien que aquel par de pequeños atravesaban un momento difícil con respecto al padre al que no conocieron, les sonrió tiernamente.
—Bien, lo dejaré pasar y no le diré nada a su madre, pero solo porque tuviste el valor de decírmelo, Gabriel, por ahora, vamos a olvidar todo y cenemos, ya veré que mentira piadosa le digo a la señora para cubrirlos, pero este será nuestro pequeño secreto. — respondió María acariciando el cabello castaño del pequeño.
Emma y Gabriel sonrieron alegremente. Todo aquello, por supuesto, que lo mantendrían en secreto, y en cuanto pudieran retirarse a su habitación, se colarían en sus tabletas digitales fuera de su horario permitido, para averiguar quién era Henry Bennett, a quien creían su padre.
En una lujosa limusina, Katherine miraba a Jackson Williams a los ojos.
—Jackson, tienes que prometerme, que sin importar lo que escuches esta noche, no intervendrás para defenderme…en esta pasarela, veré a personas de mi pasado…personas a las que busco hacer pagar por el daño que un día me hicieron. — pidió Katherine con firmeza.
Jackson, sin más opciones, asintió.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.