Aquella mañana, Gabriel y Emma despertaban, y observaban a su madre que dormía sentada en una silla que se hallaba justo al lado de su cama. Los recuerdos de aquella noticia que decía que su madre se casaba con Jackson Williams, los invadieron repentinamente, y pequeñas lagrimitas se acumularon en los ojos de ambos.
Durante toda su tierna infancia, habían deseado con todo su corazón el encontrar a su padre y tener un hogar de ensueño como muchos de sus compañeritos de clase tenían…caminar de la mano de papá y mamá, era el sueño que los impulsaba…era todo lo único que realmente querían. Su madre siempre se había esforzado y trabajaba hasta la extenuación para darles una vida llena de juguetes y comida deliciosa, sin embargo, no era eso lo que realmente querían…tan solo deseaban tener a sus padres juntos, y crecer junto a ellos sin perderse nada…y ahora ese dulce sueño, parecía desvanecerse.
Levantándose en silencio de la cama, los gemelos caminaron para salir de la habitación y llegar a los jardines de aquella casa. Llegando hasta el columpio, Gabriel empujaba a Emma y la balanceaba suavemente hacia adelante. El viento mecía los cabellos castaños de ambos, y sus ojos azules parecían un poco hinchados por el llanto, sin embargo, ambos lo sabían; aún era demasiado pronto para rendirse.
En ese momento, un pequeño y muy sucio gato salió de entre la maleza que crecía cerca, y ambos niños lo miraron encantados. El pequeño y peludo animalito, era completamente naranja, y con unos hermosos ojos en color verde esmeralda, muy parecidos a los de su madre. El gatito comenzó a restregarse entre las piernas de Gabriel, quien, riendo, lo levantó en sus brazos para que Emma pudiera acariciarlo…entonces, a la mente del pequeño, llegó una idea, una que podría ayudarles.
—Nana tampoco quiere que mamita se case con Jackson…y nosotros tampoco queremos que se case con el…mamita tiene que casarse con papito, y así vamos a ser muy felices todos juntos y adoptaremos a este gatito que vino a hacernos reír. — dijo Gabriel con seriedad.
Emma asintió.
—Pero ¿Qué podemos hacer?, Jackson no nos quiere, aunque es amable sé que no nos quiere, no nos mira como papito, y sé que él quiere tener más bebes con mamita, lo escuche decirle eso una vez a nana…no lo quiero, ¡No lo quiero Gabriel!, ¡No quiero que Jackson sea nuestro papito! — dijo Emma entre lágrimas.
Gabriel, acercándose a su hermana, la abrazó con ternura intentando calmarla, dejando al pequeño gato naranja en medio de ellos.
—Vamos a pedirle a nanita que nos lleve al pueblo, pediremos el permiso de mamita…y allí, llamaremos a papito, él nos dio su número, ¿Lo recuerdas?, le llamaremos y le diremos en donde esta mamita y le pediremos que venga a verla, sé que papito va a impedir que ella se case con Jackson…vamos a hacer que mamita y papito se casen, ya lo veras Emma, yo voy a cuidarte, eres mi hermanita y hare que vuelvas a sonreír. — respondió Gabriel con dulce determinación.
Los ojitos de Emma brillaron intensos, y abrazándose a su hermano gemelo, sonrió.
—¡Vamos a hacerlo, Gabriel!, llevemos a David a la casa, vamos a tener una familia grande y lindísima. — respondió Emma con entusiasmo.
—¿David? — cuestionó Gabriel con curiosidad.
—¡Si!, ¡Así se llama nuestro gato! — respondió Emma emocionada, mientras el pequeño David maullaba entre ambos niños que lo acariciaban con ternura.
—Niños… — dijo María llegando hasta donde se encontraban Gabriel y Emma.
Los gemelos miraron a su vieja y amable nana.
—Queremos ir al pueblo, nana, queremos llamar a papito, por favor, ayúdanos. — pidieron Gabriel y Emma al mismo tiempo.
La vieja nana María observó con atención a los pequeños a los que había cuidado desde que apenas eran unos bebes, y mirando a sus niñitos, los abrazó, ella sabía lo mucho que estaban sufriendo. Lo que los dulces gemelos querían hacer no era cualquier cosa; si decidía apoyarlos era exponerse a ser despedida por la señora Katherine, y a ser juzgada por ella…sin embargo, al mirar los brillantes y hermosos ojos azul zafiro de Gabriel y Emma, y notando las pequeñas ojeras rojas que se les habían formado después de haber llorado tanto, supo que era lo que tenía que hacer.
—Bien, vayamos, los ayudaré, le avisaré a la amiga de la señora. — respondió María sabiendo bien lo que estaba arriesgando.
María, mirando como Gabriel y Emma no le estaban diciendo en donde se encontraban porque ellos mismos lo desconocían, tomó con dulzura el teléfono de las manos de los gemelos, y habló.
—Señor Bennett, soy la señora María, la niñera de sus hijos, estamos en Francia, por favor, tome nota de la dirección que voy a darle, le ruego que salve a la señora Katherine de cometer el peor error de su vida, tan solo usted puede hacerlo. — dijo María con voz suave, pero firme.
Henry asintió, y con más determinación de la que nunca había tenido, tomo nota de todo lo que la nana María le estaba diciendo. Iba a recuperar a Katherine y a sus hijos, iba a cumplir los sueños de sus pequeños.
En la casa, Katherine despertaba con un sobresalto que empeoro al mirar que Gabriel y Emma no estaban en la cama. Asustada y nerviosa, la hermosa rubia se asomó por la ventana tan solo para ver que Gabriel y Emma regresaban por el camino empedrado con algo entre sus brazos. Apresurándose, Katherine se colocó las sandalias, y bajó las escaleras a toda prisa para encontrarse a sus gemelos.
Llegando a la primera planta, la rubia observó con atención a sus gemelos, quienes sostenían a un pequeño y sucio gato color naranja.
—Tenemos un gato, mamá. — dijo Gabriel con un deje de frialdad.
—Se llama David. — aseguró Emma.
Katherine sonrió tristemente, y acercándose a Gabriel y a Emma, los abrazó a ambos. Aquella culpa que no había dejado de sentir, la carcomía por dentro, y el gran amor que sentía por sus hijos, así como el que sentía por Henry, la habían hecho tomar su decisión.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.