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¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos. romance Capítulo 95

Aquella mañana en la casita rustica de Martha, el olor a café recién hecho y el pan recién horneado, inundaban cada rincón de aquellos floridos terrenos que, en ese momento, destilaban felicidad.

Henry jugaba en los jardines con Gabriel y Emma al escondite, y el sonido de los pies descalzos de los niños sobre el humedecido adoquín, llenaban el corazón de Katherine de felicidad. María los había sorprendido esa mañana a ella y a Henry durmiendo juntos y entre los brazos de Morfeo sobre el suelo de la salita de estar y la vieja nana finalmente le había confesado que se llevó a Gabriel y Emma al pueblo cercano para llamar a Henry, pues los niños no habían querido usar el teléfono de Martha por el temor de ser escuchados por ella.

Sus hijos gemelos, tremendos e inteligentes pillos, planearon llamar a su padre para volver a unirlos de nuevo…y Katherine se sintió profundamente dichosa y agradecida con ellos.

—Solo míralo, realmente es todo un padre resplandeciente, me recuerda a mi papá y cuando veníamos aquí en las vacaciones de verano, también jugábamos juntos en los jardines cada mañana…realmente me siento muy feliz por ti Katherine, me alegra tanto que hayas decidido seguir a tu corazón mi querida amiga. — dijo Martha abrazando a su querida amiga.

Katherine sonrió de felicidad, pues aquellos momentos no deseo volver a cambiarlos por nada. Admirando a Henry jugando con sus hermosos Gabriel y Emma, supo que, finalmente, estaba en el lugar correcto. Su decisión estaba tomada, al volver a New York hablaría con Jackson diciéndole toda la verdad, y se liberaría de aquel compromiso…pero por ahora quería seguir disfrutando de su vida, quería seguir disfrutando de sus sueños hechos realidad.

Después de la comida, Henry se acercó a Katherine con un ramo de rosas que Martha le permitió tomar de sus hermosos jardines, y susurrándole al oído, se lo entregó a la hermosa rubia en sus manos.

—Ven conmigo preciosa, renté un vehículo que ya han traído, daremos un largo paseo, María y Martha cuidaran de Gabriel y de Emma, quiero tenerte un momento solo para mí, mi amor. — susurró Henry al oído de Katherine.

Katherine sonrió con emoción, y aceptando las flores de Henry, dejó un beso sobre sus labios.

—Entonces no perdamos tiempo. — respondió la rubia.

Pronto, Henry y Katherine comenzaban a recorrer los muchos campos solitarios que se hallaban en aquel vasto territorio, y, de a poco, el aroma salino del mar llegó hasta ellos, aunque aun no alcanzaba a divisarse en la lejanía.

Katherine admiraba los hermosos paisajes; habían recorrido durante aproximadamente diez minutos la terracería de un desconocido camino que se hallaba por una angosta vereda. Luego de un gran rato, finalmente llegaban a una planicie y aunque aún no detenían su camino, ya había terminado de oscurecer por completo; la rubia observó con las luces del auto un gran y viejo árbol que era rodeado por arbustos y pastos altos.

—¿Hay un mirador por aquí? — preguntó ella y se sintió tonta ante su absurda y desubicada pregunta al recordar las palabras dichas por él; Henry conocía un poco la zona por la amistad de sus padres con el gobernador, y la llevaría a recorrer esos senderos, aquel era un mirador que se encontraba algo oculto, admitió.

Ahora que se veía ahí, el nerviosismo y expectación que nacieron en Katherine por lo qué ocurriría y cómo ocurriría, la invadieron repentinamente...incluso había dejado de pensar en todo aquello que la había estado atormentando antes de la llegada de su exesposo, meditó la rubia.

—Sí, hay uno a unos kilómetros más adelante, con vista al mar y la ciudad, seguro te va a encantar. — respondió el apuesto magnate, mientras volteaba atrás para estacionar el auto bajo el espeso follaje del viejo árbol de roble.

Cuando Henry apagó el auto, ambos quedaron casi en penumbras en aquel solitario páramo y el nerviosismo de Katherine se hizo mayor, pues ya conocía bien las “mañas”, que tenía su pervertido exmarido.

—Allá van más autos, seguro alguno notó que nos detuvimos aquí, pueden venir a mirar. — dijo Katherine al ver a lo lejos un auto que seguía a una larga fila de otros tantos que seguramente iban a admirar la novedad.

Henry encontró adorable el nerviosismo de su exesposa, y soltó una suave risa antes de responderle.

—Es imposible que alguien nos vea, créeme, nadie está tan atento a los que hacen otros, esa manía es solo tuya. — aseguró Henry al voltear a verla y admirándola a detalle, notó como la piel de Katherine parecía como porcelana blanca a la luz de la luna, y él permaneció un momento viéndola mientras ella no pudo sostenerle la vista debido a su nerviosismo.

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