Katherine sentía su respiración agitándose, sin embargo, no sabía si era debido a los nervios…o al placer.
—Ya te dije que aquí nadie viene, tranquila, nadie nos descubrirá…además, ¿Qué es la vida sin algo de riesgo? — dijo el apuesto magnate, y sonrió antes de besar a su amada en los labios.
Y mientras él se perdía en besarla, y Katherine, se perdía en el beso que nuevamente lograba rendirla, las atrevidas manos de Henry aprovechaban para deslizar los delicados pantis de Katherine de entre sus tersas piernas.
—Esto ya no está bien…me estas convirtiendo en una maldita pervertida al igual que tu… — Katherine logró pronunciar aquello apenas Henry se retiró de sus labios.
Henry sonrió ante lo dicho por su exesposa.
—¿Y eso sería tan malo?, Katherine, mientras seamos jóvenes, vamos a disfrutarnos…porque, aunque estemos viejos, este pervertido va a buscar el poder tocarte…pues no te voy a volver a soltar jamás, te tendré a mi lado lo que me reste de vida, y vas a tener que soportarme. — Henry susurró con pasión mientras estaba completamente pegado a ella y le sostenía la mirada.
En un solo y atrevido movimiento, Henry terminó por deshacerse de esa pequeña prenda, aun contra el débil intento que hizo Katherine de impedírselo. Henry sonrió y completamente excitado y volvió por sus labios.
“Otra vez no” le suplicó Katherine a su cuerpo, estaba asustada, pero no de Henry, sino de la facilidad con la que ella venía estado cayendo con él…ya no se reconocía a sí misma; había dejado de ser aquella mujer dolida que se movía tan solo por el odio y el rencor, Henry Bennett era un hombre tan único, candente, apuesto y encantador, que desde el momento en que lo vio por primera vez, su gran carisma y personalidad la golpearon como una oleada pasional a la que ya no buscaba realmente resistirse en ese momento.
Ella lo amaba, y el, la amaba a ella.
—Henry… — Katherine jadeó su nombre cuando él se subió sobre ella al recostarla sobre el asiento, y apretó sobre su ropa uno de sus ya alterados senos.
La rubia cerró sus ojos y ladeó su rostro para permitirle a su exesposo el besarla y acrecentar con ello el cosquilleo placentero que recorría ya todo su cuerpo y entumecía su conciencia, sí, Henry era peligroso, la confundía, con sus palabras y actitudes a veces la hacía sentirse en un limbo de dudas y pensamientos, muchas otras, la protegía y amaba, pero con sus caricias y sus besos la hacía estremecer y olvidar lo peligroso y doloroso de sus pasados y su presente no era más sencillo de lo que fue en ese entonces, y junto a todos aquellos “NO”, que habían en el matrimonio entre un magnate y una hija de familia humilde, ambos habían sufrido tanto que ya no deseaban hacerlo nunca más.
En ese momento, y no deseando pensar en nada más, en un acto inconsciente Katherine llevó una de sus manos al castaño y casi negruzco cabello de su esposo, permitiéndole continuar con aquello beso apasionado que había iniciado. El, simplemente le encantaba…y lo amaba como sabía que no iba a amar a nadie más, esa era, su verdad.
En aquella planicie, las pasiones desbordaban. El apuesto magnate se coló entre las hermosas y cremosas piernas de su exesposa, y, con desesperación, volvió a su boca; Henry buscó desnudarla, pero le era imposible con ese maldito vestido al que rápidamente odio, y mordió su labio al terminar insatisfecho ese beso.
—Eres hermosa Katherine…— musitó el apuesto magnate, mientras acariciaba la piel desnuda de la espalda de su esposa al haber logrado también desabrochar su sostén.
En ese momento, las caricias se volvieron aún más salvajes, y Katherine sintió aquel placer recorrer su cuerpo ante el toque de Henry, sabiendo bien que nadie más que él podría hacerla tocar el cielo.
La piel de la hermosa Katherine se erizó antes de la tibieza del tacto que las manos grandes de Henry tenían sobre su piel, y por sus palabras, había caído rendida una vez más…nunca se había considerado realmente hermosa, tan solo bonita, algo aceptable…, pero ahora, en esa posición tan íntima y con Henry tocándola y probándola con ese deseo y cuidado mezclados…realmente le creyó.
Katherine cerró los ojos y echó su cabeza hacia atrás cuando él descendió por su cuello sus labios, para probar sobre la tela uno de sus carnosos senos y apretar el botón de rosa del otro, él apretó sus piernas al sentir su intimidad casi palpitar provocándole una oleada de placer.
—¡Dios! Henry…— Katherine mencionó jadeante, y sintió la necesidad de decirle cuánto le estaba gustando, pero no se atrevió.
—Ya no aguanto, Katherine…te necesito…— le aseguró él, y en un instante, metió una de sus manos entre las piernas de Katherine y bajó el cierre de sus jeans para en el acto, exponer su hinchado y dolorido miembro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.