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Florecer en Cenizas romance Capítulo 104

La familia Barrera

Aquella cena fue un campo minado para todos; cada quien tenía el estómago lleno de coraje.

La mamá de Olivia, tan molesta, se encerró en su cuarto y no volvió a salir. Seguro necesitó tomarse unas pastillas para el corazón.

Paulina, por su parte, estaba tan enojada que ni ganas le quedaron de seguir armando escándalos.

Sebastián apenas y habló en toda la noche, sólo mascullaba su enojo. Mientras más atento era Agustín con Fabiola, más rabia le daba a Sebastián.

Y cuanto más lo notaba Sebastián, Martina se sentía igual de incomodada.

Agustín repartió su sarcasmo por igual entre todos los presentes; ni el abuelo Barrera ni el abuelo Lucero pudieron disimular su molestia.

Así que, al final, nadie estaba contento.

Nadie tenía tiempo de meterse en los asuntos ajenos.

Qué maravilla…

Fabiola, por su parte, aprovechó para comerse a escondidas varias piezas de pastel de arroz. El chef de la familia los preparaba tan sabrosos, que no pudo resistirse.

Al lograr amargarle la noche a todos, Agustín se sintió satisfecho.

Se recargó en la silla, presumiendo su triunfo, sin probar bocado. Prefería seguir llenándole el plato a Fabiola.

Fabiola comía con la cabeza agachada, las mejillas infladas como un hamster, dándole pequeños mordiscos a todo.

Agustín la miraba, con una sonrisa traviesa, y seguía sirviéndole más comida.

—Ya no puedo comer más… —Fabiola, disimulando, le tomó la mano a Agustín bajo la mesa y murmuró bajito.

No quería dejar comida en el plato, sabía que en cenas como esa se veía mal, pero Agustín no paraba de atiborrarla.

Agustín apenas contenía la risa.

—Ándale, come un poquito más. Mira lo delgadita que estás.

Fabiola soltó un suspiro resignado. ¿Por qué era así este tipo?

Parecía que su felicidad se construía sobre las desgracias ajenas.

Quedaba claro: cuando Agustín andaba de malas, se aseguraba de molestar a todos por igual.

—En la familia Lucero, además de usted sólo quedo yo, y yo ya estoy casado. Así que estamos bajo la protección de la ley —Agustín, sin perder la calma, sacó el acta de matrimonio del bolsillo y la puso sobre la mesa.

Fabiola miró a Agustín, atónita.

¿Cómo era posible que trajera el acta de matrimonio en el bolsillo? ¿A dónde fuera la cargaba? ¿Será que la trajo justo para provocarle un coraje al abuelo y rechazar el compromiso con la familia Barrera?

La cara de Sebastián se puso peor. Esos papeles ahí, tan visibles, le daban ganas de arrancárselos a Agustín y romperlos en mil pedazos.

¿Para qué presumirlos así? ¿A quién quería impresionar?

—Ven acá, acércate. ¿Crees que porque ya estoy viejo no puedo darte una lección? —El abuelo, fuera de sí, ya ni parecía el patriarca tranquilo de siempre. El coraje le erizaba el pelo.

—¿No es que la familia necesita un heredero? ¿No dice que cuento con todo su apoyo para que la familia Lucero crezca? Fabiola ya está embarazada, y con esos sustos me va a estresar al bebé —Agustín jugó su carta más fuerte.

Y tal como lo había planeado, el enojo del abuelo se desinfló de golpe.

Pero Sebastián, sorprendido, volteó a mirar a Fabiola. ¿Embarazada?

A diferencia de Sebastián, Agustín era el único heredero directo de la familia Lucero. Toda la familia, así como el Grupo Lucero, dependían de él. Nadie le iba a disputar nada.

Sebastián, en cambio, tenía que pelear por lo suyo; su papá tenía más hijos fuera del matrimonio. Si no era lo bastante hábil o ambicioso, todo lo que tenía se lo podían arrebatar.

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