Las manchas de sangre en la cabeza de Fabiola ya casi se habían secado. Con los ojos llenos de emoción, estaba junto a Vanessa en la tienda de lujo, viendo toda la montaña de regalos que Paulina había pagado.
—Mira, este es carísimo. En mi salón, todas las compañeras lo quieren. La chica esa que me quiere quitar al novio se compró uno igual, y anda presumiéndolo diario.
Fabiola miró a Vanessa y le entregó la pulsera.
—Te la doy a ti, para que la traigas.
Estaban ahí, repartiendo el botín como si nada.
Vanessa hizo una mueca de disgusto y negó con la cabeza.
—Ni loca. Esa tipa lo usa, ¿crees que quiero andar igual que ella?
—Entonces este, este vale todavía más —le dijo Fabiola, entregándole una pulsera aún más cara.
Los ojos de Vanessa brillaron como si viera estrellas. Miró a Fabiola con admiración, muy diferente a la actitud que tuvo cuando la conoció.
—De verdad eres increíble. Ojalá yo tuviera la mitad de tu valor. ¿No te duele la cabeza? ¿Seguro que no necesitas ir al hospital? —preguntó Vanessa, con preocupación.
En ese momento, Agustín llegó apresurado, pero Paulina ya se había ido llevándose a Karla.
—¡Fabiola! —exclamó Agustín, alarmado. Le sujetó los hombros y observó la herida con el ceño arrugado—. ¿Qué pasó? Vamos al hospital.
Fabiola le sonrió con alegría.
—No pasa nada. Todo esto es nuestro, más de seis millones pesos en regalos, pagados por Paulina.
La expresión de Agustín se volvió aún más seria.
—¿Paulina vino a buscarte para hacerte daño?
Fabiola dudó un momento, sin saber si debía contarle todo, sobre todo porque el abuelo estaba involucrado.
—La señora Paulina... me llamó y me pidió que invitara a Fabiola a salir de compras. Perdón, tío… Yo no sabía que iba a traer a otra gente para acosarnos, ni que quería llevar a Fabiola al hospital a hacerse exámenes, para ver si estaba embarazada. Dijo que fue idea de don César —intervino Vanessa, al ver que Fabiola no decía nada.
Agustín la miró de manera severa.
—Eso lo hablamos después, Vanessa.
Sin perder más tiempo, Agustín levantó a Fabiola en brazos, listo para llevarla al hospital. Al caminar unos pasos, se giró y la reprendió:
—Dile “tía” —ordenó, refiriéndose a Fabiola.
Había recibido más de un millón pesos.
Fabiola, emocionada, brincaba en la cama con su celular en la mano. Justo en ese momento, Agustín entró al cuarto.
Cuando la vio tan contenta, el mal humor se le fue desvaneciendo y hasta se permitió una sonrisa.
—¿Y esa felicidad? —preguntó.
Fabiola se apresuró a borrar la sonrisa y contestó en voz baja:
—Mira, puse todos los regalos que pagó Paulina en venta por internet. Ya he ganado más de un millón.
Agustín negó con la cabeza, sin poder evitar una sonrisa. Ya se había dado cuenta: Fabiola era una pequeña amante del dinero.
—Por cierto, se me olvidó decirte: tus treinta millones ya los puse en un fondo de inversión con ayuda de Emilio. A partir del próximo mes, a inicios de cada mes recibirás las ganancias de los intereses, y al final del año, el capital se te depositará completo.
Fabiola se quedó mirando a Agustín, con la cabeza dándole vueltas. ¿Eso significaba que ahora era rica?
Pensó que, aunque algún día Agustín quisiera divorciarse, esos treinta millones le alcanzarían para acabar la universidad y vivir tranquila el resto de su vida.

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