Fabiola había pensado que, si no llegaban a tener un hijo, su matrimonio con Agustín no duraría mucho.
Anahí ya se había levantado, Karla había regresado y tampoco estaba embarazada…
Con tantos problemas amontonándose uno tras otro, el divorcio parecía solo cuestión de tiempo.
La vista se le nubló un poco a Fabiola. Aspiró fuerte por la nariz, sintiéndose inexplicablemente triste.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin control. Fabiola, tratando de disimular, se limpió los ojos y subió las escaleras.
Al llegar al cuarto, vio a Agustín junto a la ventana, hablando por teléfono. Todavía no se había metido a bañar.
—Voy a preparar el baño —dijo Fabiola, temerosa de que Agustín notara lo hinchados que tenía los ojos. Se metió rápido al baño y empezó a llenar la tina.
Sentada al borde de la tina, Fabiola volvió a aspirar por la nariz. Decidió esperar a que sus ojos dejaran de verse rojos antes de salir.
Pero ni tiempo le dio de calmarse, porque Agustín entró en ese momento.
Desde atrás, Agustín la levantó en brazos con decisión y la sentó sobre el lavabo.
El susto hizo que Fabiola se aferrara a él por reflejo.
—Agustín…
El corazón le latía tan fuerte que sentía que podía escucharlo. Esta vez, Fabiola fue quien le ayudó a quitarse la ropa.
Agustín le sostuvo el mentón y la miró con detenimiento.
—¿Lloraste?
—No… no es eso. Es que al poner el agua, el vapor me hizo arder los ojos —buscó una excusa y se abrazó de nuevo a Agustín para que no la viera más.
Agustín le dio unas palmadas en la espalda, como si la consolara.
A pesar de todo, Fabiola seguía sintiéndose débil y vulnerable. No pudo evitar que se le quebrara la voz.
—Agustín… si este mes no quedo embarazada, ¿el próximo todavía hay oportunidad?
¿Agustín estaría dispuesto a intentarlo otro mes más?
Agustín se quedó quieto un momento. Luego giró a Fabiola para mirarla de frente, notando sus ojos enrojecidos y llenos de lágrimas.
—Si fuera tan fácil, ya no cabríamos en el planeta. Vamos a seguir intentándolo el mes que viene.
Fabiola asintió, tragándose su angustia.
Agustín le sonrió.
—¿Estás así de triste solo por eso?
Fabiola negó con la cabeza, sin poder decir mucho más.
—¿Sabes por qué Emilio no me llevó hoy en carro? —Agustín intentó distraerla.
En el departamento de Sebastián.
Después de no encontrar a Fabiola, Sebastián volvió a casa molesto.
La sala estaba a oscuras. Martina estaba sentada en el sillón, sin moverse.
Al encender la luz, Sebastián se llevó un sobresalto al verla.
La casa estaba hecha un desastre.
Sebastián se quedó parado un momento, desconcertado.
—¿Y esto…?
Martina tenía los ojos enrojecidos y la mirada clavada en Sebastián.
—¿Ese anillo se lo diste a Fabiola?
Sebastián frunció el ceño y se acercó a pasos rápidos para tomar la caja del anillo de la mesa. Al abrirla, vio que estaba vacía.
—¿Y el anillo? —preguntó con voz grave.
Nunca antes le había hablado tan fuerte a Martina. Ella, por su parte, también se alteró al escuchar su tono.
—¡Sebastián! —Martina se puso de pie de golpe y le gritó—. ¡Yo soy tu prometida! ¡Nos vamos a casar en cualquier momento! ¿Qué significa esto? ¿No que me habías esperado cuatro años? ¿Así es como me has esperado?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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