El corazón de Fabiola latía acelerado, sintiendo cómo el nerviosismo la invadía.
No sabía si debía resistirse y esperar a que Agustín regresara para arreglar las cosas... o si, simplemente, debía ceder y dejarse llevar al chequeo médico.
El abuelo había llegado con todo un séquito. Si ella insistía en no cooperar, la situación seguramente se pondría tensa y desagradable.
—Deja de darle vueltas a esas ideas tontas, hoy no vas a lograr zafarte —se burló Karla, con una sonrisa de triunfo.
Esa mujer estaba segura de sí misma, convencida de que Fabiola no podía estar embarazada.
—¿De verdad crees que con que Agustín y yo nos divorciemos, él va a casarse contigo? Qué ingenua eres —replicó Fabiola, sin prestarle más atención. Miró a los guardaespaldas a su alrededor y, resignada, caminó hacia la entrada del hospital.
El abuelo, César Lucero, no iba a irse de ahí sin saber la verdad sobre su “posible” nieto.
Fabiola tenía el celular en la mano, con la intención de llamar a Agustín.
Justo en ese momento, el teléfono vibró con una llamada entrante de él.
Fabiola soltó un suspiro de alivio y, apurada, intentó contestar, pero Karla se lo arrebató de un tirón.
Como si no tuviera ni dos neuronas, Karla contestó de inmediato:
—Agustín, soy Karla. Estoy con Fabiola en el hospital. El abuelo nos trajo. Eso de que está embarazada es puro cuento, ya casi tenemos los resultados.
Fabiola solo pudo suspirar, frustrada. Karla sí que era imprudente.
Del otro lado, la voz de Agustín sonó grave:
—Pásale el teléfono a Fabiola. No voy a repetirlo.
Karla, con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par, terminó por lanzarle el celular a Fabiola, molesta.
—Agustín... —murmuró Fabiola con voz temblorosa.
No era miedo lo que sentía. Era esa inquietud, esa angustia de pensar que, si todo salía a la luz, tendría que alejarse de Agustín.
—Tranquila. Ahora finge que te sientes mal, que te dio un mareo. —la voz de Agustín sonó casi divertida, como si se estuviera conteniendo la risa—. Ya mandé a alguien. No voy a dejar que el abuelo te lleve a la fuerza.
Fabiola parpadeó, entendiendo la indirecta. ¿Una actuación? Eso sí podía hacerlo.
—Bueno —susurró.
—Perfecto, desmáyate. Apenas termine lo que estoy haciendo, regreso —la voz de Agustín bajó el tono, dándole calma.
El pecho de Fabiola se relajó por fin. Qué curioso, pensó, oír la voz de Agustín siempre lograba tranquilizarla.
Colgó la llamada, y caminó unos pasos más detrás del abuelo. De pronto, fingió sentirse mal y, con una lentitud que rayaba en lo cómico, se dejó caer en el suelo.
—Don César, Fabiola está embarazada y sufre de bajones de azúcar. Agustín está preocupado; por eso me mandó a verla.
Sin esperar respuesta, Daniel levantó a Fabiola con delicadeza.
—Me la llevo a la casa. Necesita descansar bien. Cualquier cosa, lo vemos mañana. ¿Y si se le pasa algo al bebé? Después de todo, hablamos de la sangre de la familia Lucero.
El abuelo bufó, haciendo una seña a los guardaespaldas para que no dejaran pasar a Daniel.
—Aunque llegue el mismo presidente, Fabiola entra conmigo y se hace la prueba de sangre. Hoy mismo averiguo si está embarazada.
No pensaba dejarla ir, por nada del mundo.
Daniel le sonrió, tratando de suavizar la situación.
—Abuelo, ¿no le preocupa que, si en verdad está esperando un bebé, y ella con ese azúcar bajo, al sacarle sangre pueda pasarle algo? Solo es una prueba, puede esperar a mañana. Déjela descansar, ¿no le parece?
El abuelo, sin miramientos, le dirigió una mirada dura a Fabiola.
—No sigas fingiendo. Es solo una prueba de sangre, nadie se va a morir por eso.
Karla, todavía más alterada, gritó:
—¡Abuelo, es obvio que está actuando! Yo la vi clarito.

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