—Es Fabiola, resulta que es Fabiola… —Frida aún no lograba calmarse, su corazón seguía latiendo con fuerza.
—Puedes buscar la manera de acercarte a ella, poco a poco, sin prisas —sugirió Tomás mientras la miraba con complicidad.
Frida asintió, apretando los labios.
—Tienes razón, eso haré. Ayúdame a investigar los planes de Fabiola en estos días. No puedo dejar que se entere de quién soy, pero al menos quiero verla, protegerla...
Tomás soltó una sonrisa y asintió.
—Enseguida le pido a alguien que investigue.
La emoción pudo más con Frida y se lanzó directo a los brazos de Tomás, abrazándolo como si fuera lo más valioso que tenía.
Tomás se quedó un poco resignado. Sabía que solo en estos momentos lograba ver a Frida con esa expresión amable.
—¿Quién fue la que dijo que, si la muestra resultaba ser de tu sobrina, te casabas conmigo? ¿Eso sigue en pie? —bromeó Tomás, levantando una ceja.
Frida lo miró con desconfianza, a punto de interrogarlo.
—¿Estás seguro de que no hiciste trampa con los resultados?
Tomás se sintió ofendido.
—¡Ya déjame! No me abraces así.
Pero Frida, como si nada, volvió a apretujarse contra él.
—Ya, mi amor, fue mi error... —dijo en tono juguetón.
Tomás se quedó tieso por un momento, resignado a que Frida siempre lograba salirse con la suya.
Frida tenía esa habilidad especial para dominarlo.
Sin más advertencia, Tomás la cargó, la dejó caer sobre la cama y la besó como si el mundo se fuera a acabar.
Solo cuando Frida quedó sin aire entre sus brazos, Tomás habló con voz rasposa.
—Sabes que lo que quiero no es solo que me llames así... Yo quiero que seas mi esposa, ¿qué dices?
Frida, tan desvergonzada como siempre, tiró de la camisa de Tomás y sonrió.
—Solo espera un poco más. Cuando todo se aclare y pueda llevar a Fabiola a casa sin esconderme, me caso contigo, ¿va?
Los ojos de Tomás se oscurecieron, cargados de emociones.
—Esa excusa la llevas usando más de diez años...
...
Ciudad de la Luna Creciente, residencia de la familia Barrera.
El mayordomo llevó la medicina al abuelo Roberto, y solo después de verlo tomarla, se retiró tranquilo.
Apenas se fue, Roberto escupió las pastillas a un pañuelo y, con el ceño marcado por la preocupación, marcó el número de Agustín.
—Agustín, dime la verdad, ¿estás seguro de los resultados de ese análisis?
—Abuelo, si confía en mí, tenga cuidado con las personas que lo rodean. No debe levantar sospechas, por ahora nadie puede saber que Karla es una impostora —advirtió Agustín, su voz sonaba tensa.
—Entendido —dijo el abuelo, cortando la llamada.
De inmediato, llamó a uno de los jóvenes que ayudaba a través de becas.
—Fabián, ya es hora de que regreses a Ciudad de la Luna Creciente. Necesito a alguien en quien pueda confiar a mi lado.
—Claro, señor Roberto. Mañana mismo estoy de regreso para ayudarlo —respondió Fabián con firmeza.
...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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