La fiesta de bienvenida para la hija del presidente era el evento más esperado de Costa Esmeralda. Las figuras más influyentes de la ciudad se dieron cita, y por supuesto, Agustín estaba en la lista de invitados de honor. Su sola presencia bastaba para generar revuelo: los hijos de las familias más ricas y las jóvenes más codiciadas hacían hasta lo imposible por acercarse a él.
Fabiola lucía un vestido color champán que resaltaba su piel y su porte. El maquillaje, delicado pero sofisticado, había suavizado un poco sus rasgos juveniles, dándole un aire de madurez inesperado. Caminaba de la mano de Agustín, y juntos acapararon todas las miradas apenas pusieron un pie en el salón.
Agustín jamás se dejaba ver en público acompañado por una mujer. La última vez, durante la gala benéfica de Costa Esmeralda, había llevado a Fabiola, pero se marcharon tan rápido que casi nadie los notó. Esta vez, sin embargo, Agustín no solo la llevó, sino que la presentó sin rodeos ante todos.
—¿Quién es esa mujer? —murmuró una de las invitadas, intrigada—. ¿Cómo le hizo para estar con Agustín? ¿Será la hija de la familia Barrera?
—Debe ser ella, ¿no? Escuché que Agustín tiene un compromiso con Karla, la verdadera heredera de los Barrera —añadió otra, con tono de envidia.
Un grupito de jóvenes se reunió a especular sobre la identidad de Fabiola. Todos daban por hecho que solo una chica de familia poderosa podría estar al lado de Agustín. En su mundo, casarse fuera del círculo era motivo de burla y menosprecio.
Animada por la curiosidad, una de las señoras se acercó a Agustín y le preguntó con amabilidad forzada:
—Sr. Agustín, ¿quién lo acompaña esta noche? ¿La señorita Karla Barrera, tal vez?
El ambiente se llenó de expectativa. Todos esperaban la respuesta de Agustín.
—Ella es mi esposa, Fabiola —anunció él, con voz firme y tranquila.
El eco de su declaración recorrió el salón. ¿Agustín casado? ¿Y su esposa no era la heredera Barrera?
—¿De qué familia proviene la señora Lucero? —insistió la mujer, tanteando el terreno.
Fabiola bajó la mirada, sintiendo la presión sobre sus hombros. No le avergonzaba su origen, pero temía que su historia pudiera manchar el nombre de Agustín.
Antes de que él pudiera responder, la voz de Martina Gallegos se dejó escuchar, cargada de sarcasmo.
El salón entero quedó mudo por un instante. La jugada de Agustín había sido perfecta.
Fabiola, divertida y satisfecha, miró por encima del hombro a Martina, con una mezcla de compasión y burla. ¿Para qué se empeñaba Martina en buscar problemas con Agustín? Si algo tenía él, era una lengua afilada.
Martina, al borde del colapso, apenas podía recuperar el aliento.
—¿Y tú por qué no dices nada? —le reclamó a Sebastián, dolida por la humillación.
Sebastián, aunque igual de molesto, se mantuvo en silencio. Así era él: callado, paciente, de los que prefieren guardar rencor en el fondo y esperar el momento adecuado para devolver el golpe. Agustín, en cambio, no se guardaba nada. Si algo le molestaba, lo soltaba en el instante, y si no era suficiente, encontraba la forma de seguir desquitándose después.
—Mírate nada más, en qué te has convertido —le soltó Sebastián, con el ceño fruncido, dándose la vuelta para marcharse.
Martina quedó paralizada, y cuando por fin reaccionó, la vergüenza la invadió de pies a cabeza. ¿Cómo había permitido que Fabiola la hiciera perder el control? Se había olvidado de su propio estatus, de la imagen que debía cuidar como dama de sociedad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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