A los tres años, ya se valía por sí mismo; a los cinco, se subía en un banco para prepararse de comer; y a los siete, ya podía ir al muelle a ayudar recogiendo el marisco que se caía de las cajas.
El cariño familiar que le faltó, sabía que jamás podría recuperarlo de Sergio y Elvira.
Sobre todo esta vez, cuando Elvira apostó su propia vida para engañar a Gastón. Eso hizo que Gastón lo entendiera de una vez: los perros nunca dejan de comer basura, y hay cosas en las personas que no cambian, por mucho que pase el tiempo.
La primera vez que vio a Agustín, lo que sintió fue puro dolor.
No le daba envidia que su hermano tuviera el derecho a heredar la fortuna de la familia Lucero; lo que le dolía era que su hermano hubiera sido abandonado por Sergio desde niño.
Solo le pesaba haber acaparado todo el cariño de su papá. Aunque… para ser sincero, tampoco es que hubiera recibido mucho afecto, pero al menos Sergio lo vio crecer.
—Hoy yo invito, ya después tú me invitas, ¿sale? —La tensión de Agustín se fue disipando, su expresión ya no se veía tan dura como al principio.
Gastón sonrió de oreja a oreja y asintió.
—Va.
Se pasó un buen rato eligiendo, pero ni de chiste halló un plato que costara menos de trescientos pesos. Hasta la guarnición más sencilla costaba trescientos ochenta…
Agustín notó lo incómodo que estaba Gastón y levantó la mano para llamar al mesero.
—Tráenos la especialidad de la casa.
El mesero asintió rápido y les preguntó con amabilidad:
—¿Alguno de ustedes tiene alguna restricción para comer?
—No comemos pescado sin escamas…
Agustín y Gastón respondieron al mismo tiempo.
Gastón, que creció en un pueblito costero, casi se muere de niño por una alergia a las proteínas de los pescados sin escamas de aguas profundas. Aunque ya no era tan grave, siempre se cuidaba mucho.
Agustín también era alérgico desde pequeño a ciertos alimentos con proteínas raras, y lo del pescado sin escamas era especialmente delicado.
El mesero les sonrió con complicidad.
—Sí que son hermanos de verdad, no solo se parecen, hasta en las alergias coinciden.
La cara de Agustín se endureció de nuevo; pensó que el mesero hablaba de más.
Gastón tampoco dijo nada, se quedó mirando sus manos, incómodo, ni siquiera se atrevía a sacar el celular.
Gastón sentía la necesidad de entender. Ya le había preguntado a Sergio, pero él jamás le decía la verdad. Apenas mencionaba el tema, cambiaba de humor y se ponía a gritar. Su mamá tampoco sabía nada, nunca tenía idea de lo que ocurría.
Agustín empezó a golpear la mesa con los dedos, sacó un cigarro, lo mordió y lo encendió con el encendedor.
—¿Fumas? —le preguntó a Gastón.
Gastón negó con fuerza.
Bastante tenía con haber terminado la prepa; ni dinero le quedaba para ponerse a fumar.
Si llegaba a agarrar el vicio, ni para costearlo tendría.
Agustín asintió, como si eso le pareciera bien. Había intentado dejar el cigarro por Fabiola y ya iba mejorando, pero el tema del pasado lo obligaba a encender uno para calmarse. Si no, temía explotar.
—Tu papá y la mujer que me dio la vida se casaron por compromiso. Antes de casarse, tu papá no era más que un tipo sin rumbo, que se creía mucho por ser el heredero de la familia Lucero. Se la pasaba de fiesta, era conocido en todos lados, tenía mil mujeres.
Agustín no reconocía a esa mujer como su madre, ni a Sergio como su papá.
Para él, solo eran dos locos, desquiciados, irresponsables… y nada más.

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