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Florecer en Cenizas romance Capítulo 337

—Gastón, apúrate y lleva a tu mamá al hospital para que la revisen, yo iré a ver a tu abuelo —ordenó Sergio, deshaciéndose de Gastón sin miramientos.

Gastón frunció el ceño. Cada vez que sus papás se ponían con esos truquitos, era seguro que algo tramaban.

No dijo nada más y, sin protestar, acompañó a Elvira a la consulta.

—Gastón, hijo, ya que estamos aquí, a lo mejor deberíamos revisar también el corazón, ¿no crees? —preguntó Elvira, buscando cualquier excusa para retener a Gastón el mayor tiempo posible.

—Mamá, ¿de verdad te vas a poner a fingir que te sientes mal para detenerme? ¿Qué, piensan que si me quedo aquí mi papá podrá hacerle algo al abuelo? —le soltó Gastón, mirándola con una mezcla de rabia y decepción—. Ustedes de plano están perdiendo la cabeza…

Elvira se puso pálida, pero lo sujetó fuerte cuando vio que Gastón iba a marcharse.

—¡Gastón, hijo, no puedes irte! ¡No puedes detener a tu papá! ¡Soy tu mamá, deberías pensar un poco en mí! ¿Para qué te sirve que el viejo te haya dado esas acciones? ¿Y si la empresa termina en bancarrota? ¡El dinero es lo único seguro!

Los ojos de Gastón se humedecieron, temblaba de pies a cabeza.

—Ustedes están actuando sin pensar, ¿no se dan cuenta? ¡Van a terminar destruyéndose solos!

No podía dejar de estremecerse. Si él ya había visto lo obvio, ¿cómo era posible que Agustín, tan listo como era, no lo hubiera previsto también?

Agustín nunca bajaba la guardia. Seguro estaba esperando que Sergio cayera solo en su propia trampa, que se hundiera por su cuenta.

—Mamá, no voy a detener a mi papá, ¡voy a tratar de salvarlo! —gritó Gastón, fuera de sí, dándose la vuelta para salir corriendo.

Elvira apretó los dientes con furia y, en un acto desesperado, se lanzó contra la pared con todas sus fuerzas.

Gastón se detuvo en seco. Al volverse, vio a Elvira tirada en el suelo, con la frente sangrando, y todo su cuerpo se quedó rígido, casi congelado.

En ese instante comprendió algo con una claridad brutal: los buenos padres impulsan a sus hijos hacia arriba, los padres mediocres al menos no les estorban, pero los padres como los suyos, lo único que hacen es arrastrar a sus hijos hacia el abismo.

—Gastón… si te vas, me mato aquí mismo —sollozó Elvira, con la cara empapada de lágrimas.

Gastón avanzó hacia ella, los pasos pesados como si llevara cadenas en los pies.

—Mamá… esto lo eligieron ustedes. No se arrepientan después.

El monitor cardíaco marcaba un ritmo finalmente estable, señalando que poco a poco se estaba recuperando.

—Papá… —dijo Sergio, entrando y acercándose a la cama—. Dime, ¿en todos estos años acaso alguna vez pensaste en mí?

Se sentó a un lado y sonrió con amargura.

—Gastón y Agustín no podrán llegar pronto. Tengo gente esperando a Agustín en la entrada del hotel. Si intenta venir, lo van a entretener, lo van a detener el tiempo suficiente.

Sergio alargó la mano y la apoyó sobre la máquina de respiración del viejo.

—Papá… yo tampoco quería llegar a esto. Pero siempre prefieres a tus nietos antes que a tu propio hijo. Solo busco asegurarme el futuro. ¿Cómo esperas que no me dejes nada de tu fortuna?

La mirada del viejo se tornó furiosa, incrédula. Temblando, intentó levantar la mano, pero Sergio la sujetó sin titubear.

—Perdóname, papá —murmuró Sergio, poniéndose de pie.

Con los ojos cerrados, retiró la máscara de oxígeno y tapó la boca y la nariz del viejo con la mano, decidido a terminar con todo.

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