Agustín se rio leve, con esa chispa que siempre lo acompañaba.
—La persona que está detrás de Héctor lleva más de treinta años maquinando contra la familia Barrera y la familia Lucero. Para que te des una idea, Sebastián ni siquiera era un embrión en ese entonces.
Fabiola no pudo evitar reírse también, contagiada por el comentario de Agustín.
—De todas formas, ese tipo no es buena persona.
Griselda estaba de pie a un lado, sin interrumpir la plática de los dos, pero alcanzó a ver a alguien en la puerta y tosió de manera intencionada.
Fabiola y Agustín, todavía sin percatarse de la visita, seguían hablando mal de Sebastián.
—¿Te acuerdas de cómo Sebastián gastó una fortuna para conquistar a Martina? Y al final, Martina se fue con el hermanito ilegítimo ese, seguro ahorita Sebastián debe estar verde de coraje.
—Me da hasta lástima, la neta —le respondió Fabiola, negando con la cabeza.
—Ejem, ejem —Griselda tosió con más fuerza esta vez.
Fabiola volteó hacia ella, preocupada.
—Griselda, ¿te duele la garganta o qué?
Agustín levantó la vista y por fin se dio cuenta de que Sebastián estaba parado en la puerta del cuarto, con una expresión oscura y el ambiente pesando en el aire. Sebastián sostenía una canasta de frutas, pero con una mirada tan cortante hacia Agustín, dejó la canasta directamente encima del bote de basura que estaba junto a la puerta.
Agustín le regresó la mirada, casi con desprecio. Pensó: qué tipo tan rencoroso, de veras.
Aprovechando que Fabiola no se había dado cuenta, Agustín se animó a seguir con su juego.
—Amor… ay, me siento mareado —dijo, llevándose la mano a la cabeza—. Si me das un beso, capaz se me pasa.
Fabiola, obediente y cariñosa, le dio un beso suave en la frente.
Griselda ya no sabía ni dónde meterse, parecía que Agustín era un zorro con disfraz de hombre.
—Amor, ¿verdad que soy el que más quieres en el mundo? —preguntó Agustín, abrazándola y sin dejar que volteara hacia Sebastián.
—Ajá, claro que sí —afirmó Fabiola, sonriendo.
Agustín, satisfecho, le lanzó a Sebastián una mirada de triunfo, con una sonrisa provocadora.
—Vengo a hablar contigo, es sobre el accidente —soltó Sebastián entre dientes.
Fabiola se sobresaltó, casi se le escapa un grito. ¿En qué momento había llegado Sebastián?
Miró a Sebastián con desconfianza, como si fuera una gata erizando el lomo, lista para defender a Agustín si era necesario.
Fabiola le lanzó una mirada de advertencia a Sebastián, pero al final asintió, tomó la mano de Griselda y salieron juntas.
...
En cuanto se quedaron solos, Sebastián explotó:
—¿De quién aprendiste a ser tan descarado, Agustín? ¿Siempre quisiste quitarme a Fabiola?
Agustín se recargó en la cama, sin perder la compostura.
—Todo lo que aprendí fue de verte enamorado —le reviró, burlón.
Sebastián, a punto de perder el control, cerró los ojos con fuerza.
—¿Por qué no te moriste en ese accidente?
—¿Qué, te decepcioné? —Agustín arqueó una ceja.
Sebastián inspiró hondo y al fin soltó lo que traía.
—Hoy… volví a la empresa de improvisto y escuché a mi hermano Lucas Benítez, el hijo ilegítimo de mi papá, hablando por teléfono. Decía algo como “Ya está, lo atropellé”. Al principio no le tomé importancia, pero después llegó la noticia de que te habían atropellado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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