Residencia de Agustín.
Antes de entrar a la casa, Agustín se detuvo un momento afuera y trató de deshacerse del olor a cigarro que traía encima.
Al entrar, vio que Fabiola ya estaba dormida, abrazando la almohada de Agustín con fuerza, como si le faltara seguridad para poder descansar tranquila.
Agustín fue a la habitación de visitas para darse un baño rápido. Luego regresó en silencio y con mucho cuidado al cuarto principal, temiendo hacer el menor ruido que pudiera despertar a Fabiola.
La tomó con suavidad en brazos, le quitó despacito la almohada y en su lugar, la acomodó para que lo abrazara a él…
Fabiola murmuró algo entre sueños y se movió inquieta, claramente su sueño era ligero.
Ella se acurrucó aún más en el pecho de Agustín y volvió a dormirse, aferrada a él.
Agustín por fin soltó el aire que tenía retenido, temeroso de haberla despertado.
Por suerte, Fabiola siempre dormía mejor abrazada a él. Solo así, Agustín lograba relajarse, apretándola con cariño, dándole un beso en la frente y dejándose arrullar hasta quedarse dormido.
Tener esposa era lo mejor del mundo.
...
Mientras Agustín dormía profundamente, Sebastián no tuvo esa suerte.
Apenas había amenazado a Lucas para que no fuera de bocón, cuando Lucas se fue directo a buscar a Julián para acusarlo.
Esa misma noche, Julián mandó llamar a Sebastián de vuelta a la residencia y lo obligó a arrodillarse para recibir “castigo familiar”.
—¡Aliarte con extraños para secuestrar a tu hermano! Sebastián, ¡te pasaste de la raya! —gritó Julián furioso, descargando un golpe brutal en la espalda de Sebastián con un palo.
Sebastián permaneció de rodillas, apretando las manos con fuerza y conteniéndose.
Desde que era niño, Julián solo le enseñó a punta de violencia, mientras que Lucas y los otros hijos fuera del matrimonio recibían “compensaciones” bajo el pretexto de no vivir con él...
Vaya ironía.
Si hubiera podido elegir, Sebastián habría preferido crecer lejos de Julián.
Pero a los ojos de Julián, eso era un regalo de su parte.
—Lucas es un imbécil, él fue quien mandó a chocar el carro de Agustín, pero Agustín se dio cuenta de todo desde el principio. Si no dejamos que Agustín saque su coraje, ¡el Grupo Lucero entero puede irse al hoyo! —Sebastián no se contuvo y levantó la voz.
Sebastián sintió un sabor metálico en la garganta, apretó los puños y aguantó.
—Papá… mi hermano casi muere por culpa de Agustín —Lucas aprovechó para meter más leña al fuego.
La mamá de Lucas, que vivía en la residencia como la amante oficial de Julián, también se sumó a la queja—. Julián, aunque hayas criado a Sebastián a tu lado, no puedes hacerte de la vista gorda si intenta matar a mi hijo.
El rostro de Julián se ensombreció aún más y siguió descargando golpes sobre Sebastián.
Al final, Sebastián no pudo más y terminó escupiendo sangre, limpiándose la boca con el dorso de la mano, temblando de pies a cabeza.
En ese momento, Sebastián se convenció más que nunca de que tenía que aliarse con Agustín.
Julián y Lucas eran unos ineptos.
—¡Quiero que lo pienses muy bien! ¡Sin mi permiso, no te levantes! —ordenó Julián, tiró el palo y se fue.
Sebastián soltó una sonrisa mordaz. Siempre era lo mismo…
Desde niño, si hacía algo que no le gustaba a Julián, le tocaba castigo, arrodillado hasta que amaneciera…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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