El señor Roberto platicaba animado con varios viejos amigos, mientras que la sonrisa en el rostro de Héctor casi no podía disimular su emoción.
Llevaban años conspirando, esperando justo este día.
Incluso pensó que, si el viejo anunciaba a Karla como heredera esa noche, podría deshacerse de él sin más.
—Papá, el abuelo invitó a muchísima gente —Paulina alzó la comisura de sus labios con sarcasmo—. Vaya que se lució.
Héctor soltó una risa desdeñosa y le respondió con acidez.
—Ese viejo necio siempre reconoció solo a su único hijo, así que, claro, solo reconoce a Karla como nieta. Pero qué lástima, por mucho que planeó, jamás imaginó que Karla ya está muerta. La que hay ahora solo sirve para que tú y yo podamos quedarnos con todo, hija.
Paulina también rio, rebosante de orgullo.
—Señor Roberto, ¿hoy va a anunciar a la heredera de la familia Barrera?
—¿Qué opina de la señorita Karla? —preguntaban los reporteros, uno tras otro, sin darle respiro.
El viejo solo sonreía y se mantenía en silencio.
Fabián llegó acompañado de Karla y Paulina, posicionándose junto al señor Roberto como si fuera su guardaespaldas, atento a cada movimiento alrededor.
Esa noche, el viejo y Fabián lo tenían todo bien planeado.
Karla no pudo evitar reír para sí, fingiendo timidez mientras se acercaba al abuelo.
—Abuelo...
Paulina, de pie junto a Héctor, observaba a los periodistas que no paraban de tomar fotos como si fueran paparazzis enloquecidos.
—Señor, se nota que prefiere mucho más a la señorita Karla que a Paulina. ¿Eso significa que ni siquiera considera a Paulina su nieta? —preguntó, osado, un reportero.
El rostro de Paulina se ensombreció, incapaz de ocultar la molestia.
El viejo habló con voz firme.
Karla miró a Paulina, sus ojos llenos de emoción.
Por fin estaba a punto de convertirse en la reina de la familia.
—Ya tengo lista la herencia, todo está en orden y certificado. Mientras Karla adquiere experiencia suficiente para manejar todo, Fabián será quien administre las acciones del Grupo Barrera. Cuando llegue el momento, todo será de mi verdadera nieta Karla —dijo el viejo, echando un vistazo, casi sin querer, hacia Fabiola, que estaba entre la multitud, disfrutando el espectáculo.
En ese instante, los rostros de Héctor, Paulina y Karla se desencajaron.
¿Por qué Fabián tenía que administrar todo?
—¡Papá! ¿Por qué dejarle todo a Fabián? ¡Él ni siquiera es de la familia! —casi gritó Héctor, fuera de sí.
Respiró hondo y, esforzándose por disimular su rabia, contestó:
—Bueno, papá, fue mi impulso. Acepto todas sus decisiones.
Apretando los dientes, Héctor ya calculaba el mejor momento para deshacerse de Fabián.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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