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Florecer en Cenizas romance Capítulo 421

Paulina y Violeta sonrieron y asintieron al mismo tiempo.

Dicen que tres mujeres juntas pueden armar cualquier escándalo. Ahora que Agustín había muerto, ellas ya no se escondían. Se juntaban sin vergüenza, mostrándose desafiantes, como si el mundo les perteneciera.

Cuando las tres se alejaron, Griselda, que había estado observando desde una esquina, resopló con desprecio. No cabía duda, eran tal para cual, como serpientes y ratas compartiendo la misma madriguera.

Esas mujeres ya ni siquiera intentaban disimular sus intenciones.

Con una punzada de compasión, Griselda volvió la mirada hacia Fabiola. La vio sentada, abrazando el retrato de Agustín, inmóvil, con una expresión tan vacía que partía el alma. Nadie podía negar que su situación era desgarradora.

Sin Agustín, ¿qué haría Fabiola de ahora en adelante?

Griselda soltó un suspiro y se le acercó, sentándose a su lado.

—Fabiola… tienes que ser fuerte.

—No les voy a dar el gusto —respondió Fabiola, la voz rasposa, casi apenas un susurro.

—Eso, no dejes que esas víboras se salgan con la suya —insistió Griselda, abrazándola con fuerza.

Fabiola no había llorado, solo permanecía ahí, como si esperara algo. O quizás a alguien. Esperaba, sí, el momento en que Emilio trajera el ramo de flores blancas que Agustín le había prometido.

En su interior, Fabiola se preguntaba una y otra vez: si Agustín en verdad había muerto, ¿cómo podría seguir adelante? Ni siquiera encontraba fuerzas para imaginar el futuro sin él.

En ese instante, Emilio llegó con aquel ramo de flores blancas que Fabiola tanto anhelaba.

—Señora, mi más sentido pésame —dijo Emilio, acercándose con cuidado.

Todos los demás habían llegado con una sola flor blanca. Emilio, en cambio, traía todo un ramo. Era la promesa que él y Agustín habían hecho alguna vez, y Fabiola lo supo de inmediato.

Sus dedos temblaron. Por fin, las lágrimas que había intentado contener brotaron, imposibles de detener.

Se levantó despacio y, con las manos temblorosas, aceptó el ramo.

Agustín no podía haber muerto. Ella lo sentía, lo sabía en lo más profundo.

—Todo va a estar bien… —murmuró Emilio, con un tono que parecía esconder un significado oculto.

Fabiola asintió entre sollozos.

Antes, había sido una huérfana sin nadie que la defendiera, sin fuerzas para enfrentarlas, temerosa de poner en peligro a los otros niños del orfanato.

Pero ahora, Agustín ya había resuelto ese problema por ella. El orfanato ya no era un motivo para preocuparse.

Era huérfana, sí. ¿Entonces, a qué debería temerle ahora?

Griselda sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. No podía explicarlo, pero desde que Agustín había desaparecido, Fabiola había cambiado.

Ahora tenía algo inquietante. Algo feroz.

Si antes Fabiola había sido como una conejita indefensa, protegida bajo el ala de Agustín, ahora… ahora parecía que su verdadera naturaleza había despertado.

Porque, en el fondo, ella nunca fue débil.

Una huérfana obligada a sobrevivir en un mundo salvaje, sin padres ni nadie que la protegiera, jamás podría ser una simple presa.

Antes se había dejado cuidar por Agustín porque él así lo quiso. Porque ella misma también quiso ser su niña buena. Nada más.

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