La muerte de Agustín sacudió a todos. Los medios no tardaron en hacer eco de la noticia, con reporteros abarrotando la entrada del velatorio, tan apretados que no cabía ni un alfiler.
Fabiola llegó vestida de negro, con lentes oscuros y cubrebocas, sin ánimo de ver a nadie.
—Mis condolencias —le decían quienes acudían para darle el último adiós a Agustín.
Los medios no dejaban de hablar: decían que Fabiola, tras casarse con un rico, había terminado perdiéndolo todo al competir por la herencia, y que al final todo fue en vano.
Muchos reporteros aseguraban que, después de la muerte de Agustín, Fabiola no recibiría ni un solo peso de la herencia de la familia Lucero. Según ellos, Agustín había invertido todo el dinero en proyectos poco antes de morir, y ahora los fondos estaban congelados por problemas legales, así que Fabiola no vería ni un centavo.
Algunos incluso la acusaban de haberse casado solo por el dinero, insinuando que la muerte de Agustín estaba relacionada con ella.
En resumen, la prensa no paraba de inventar historias y rumores.
Griselda le quitó el celular a Fabiola. No quería que la chica leyera ni una sola palabra más que pudiera lastimarla.
Durante todo el funeral, Fabiola se mantuvo en silencio. No miró su celular, ni habló con nadie.
Quienes sí aprovecharon la ocasión para acercarse a Fabiola fueron Martina y su grupo.
Llevaban tanto tiempo esperando este momento. Por fin había llegado el día, Agustín se había ido, y Fabiola se quedaba otra vez sin un respaldo. Ellos pensaban que, ahora sí, Fabiola había tocado fondo y volvería a ser la misma de antes, fácil de pisotear.
—Fabiola, de verdad eres una salada, ¿eh? Agustín murió por tu culpa —Martina y Paulina fingían que iban a despedirse de Agustín, pero solo buscaban burlarse y humillar a Fabiola.
Fabiola no les contestó; para ella, simplemente no existían en ese momento.
Solo tenía un pensamiento fijo en la cabeza: Agustín no había muerto, todo esto era parte de algún plan suyo...
Se aferraba a esa idea, mintiéndose a sí misma. Se decía que todo pasaría y que Agustín volvería.
—Estamos en un funeral. Les pido que se retiren —Gastón, con el ceño fruncido, se puso entre ellas y Fabiola. No iba a permitir que nadie se atreviera a molestar a su cuñada en ese momento.
Martina sonrió con burla, dejó unas flores en la mesa y soltó:
—Fabiola, no se me olvida lo que dije: el día que perdieras a Agustín sería el día en que te tocaría pagar todo.
Y salió del lugar, presumiendo su victoria.
Claramente, creían haber ganado.
Por lo menos, ver de nuevo a Fabiola derrotada les daba una especie de placer enfermizo.
—Ya quiero ver cómo termina Fabiola —dijo Paulina, burlona.
—Qué pena, se casó con Agustín, no consiguió mucha plata y encima se echó encima a medio mundo. Seguro ahora la va a pasar peor que cuando era huérfana —se mofó Violeta.
Martina, con una mueca amarga, miró hacia el interior del velatorio, donde Fabiola permanecía sentada, completamente ida.
—Mi hermano terminó en la cárcel por culpa de esa mujer. La familia Gallegos, los Benítez, ninguno va a dejarla en paz. Ya veremos qué le espera —dijo Martina, con desprecio.
—Vi que Sebastián la miraba con ganas de protegerla. Cuando pasamos, su mirada era una advertencia. Si Fabiola se acerca a Sebastián, nos va a costar más trabajo deshacernos de ella... —Paulina lanzó la advertencia, mirando a Martina para que fuera pensando cómo actuar.
El gesto de Martina se ensombreció de inmediato.
—Esa mujer no tiene dignidad, pero la familia Benítez sí. Una mujer a la que se le muere el esposo no entrará jamás a esa familia. Además, Fabiola fue quien metió a Renata Benítez en la cárcel. Ella misma se cerró esa puerta. Yo misma le contaré todo esto a la mamá de Sebastián. Ya verás, habrá quien nos ayude a acabar con ella.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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