Patricia tenía los ojos enrojecidos, incapaz de decir una palabra más.
—Este hijo… ya no puedo controlarlo. Sí que me salió astuto, desde niño ya empezaba a manipularme —masculló Julián, completamente furioso. Apenas iba a seguir despotricando contra Sebastián, cuando de repente sonó su celular. Era ese número desconocido.
La espalda de Julián se tensó por completo, los dedos le temblaron. No se atrevía a contestar.
¿Cómo iba a explicarle al jefe… que él también había sido víctima de las artimañas de su propio hijo?
La plata de Agustín… Sebastián se la había embolsado a escondidas.
Por primera vez, Julián sintió miedo de su propio hijo. Jamás imaginó una ambición tan feroz. Sebastián lo había superado en mañas y en frialdad.
Pasaron varios segundos en silencio. Julián, tragando saliva, por fin se armó de valor y contestó la llamada.
Si era necesario, tendría que sacrificar a Sebastián. Después de todo, aún le quedaban varios hijos fuera del matrimonio; la familia Benítez no se iba a extinguir por culpa de un hijo rebelde. Los que no obedecen, mejor apartarlos.
Si no, siempre serían una amenaza.
—Señor… Disculpe, el Grupo Benítez tiene problemas. Sebastián… me quitó todo el poder. Ahora, dentro del Grupo Benítez, solo están sus aliados —susurró Julián, apenas audible.
—Dejar que tu propio hijo te manipule… Julián, lo tuyo sí es patético —contestó el hombre al otro lado, con una voz profunda y pesada.
—Este hijo… —Julián se levantó y fue a un rincón apartado, bajando aún más la voz—. Creo que no queda más que quitarlo del camino.
—Piénsalo bien. Si Sebastián ya no puede controlarse, si se convierte en un obstáculo imposible de negociar, entonces solo queda hacerlo desaparecer —la voz del hombre era tajante, sin dejar margen de duda.
Julián apretó los dientes y cerró los ojos.
—Haga lo que tenga que hacer. Dudo que Sebastián vaya a recapacitar.
El hombre soltó una risa desdeñosa, dejando claro que Julián le daba pena: ni siquiera podía controlar a su propio hijo.
...
En el departamento de Fabiola.
—Fabiola… tienes que estar preparada —advirtió Griselda, mirándola a los ojos—. Frida y tú tienen la misma sangre. Ella… es tu tía.
Fabiola respiró hondo, se dejó caer sentada sobre la cama y miró el informe del análisis de parentesco.
Tal como lo sospechaba, no estaba equivocada…
Efectivamente, ella era la heredera perdida de los Barrera. Era Karla.
La verdadera Karla… era ella misma.
Fabiola soltó una risa amarga, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Por un momento, su cabeza se llenó de pensamientos confusos.
Si no hubiera existido tanta traición, tantos planes ocultos… Si aquel asesinato nunca hubiera sucedido, si sus padres siguieran vivos y ella hubiera crecido como la consentida de los Barrera, ¿cómo habría sido su vida? ¿Qué clase de persona sería ahora…?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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