Resulta que él siempre había estado tramando todo. Quitarle a ella el control del Grupo Lucero, en el fondo, también era para salvarlo y al final dárselo a su futuro hijo. ¡Con razón, después de tantos años, le había dado por volverse tan ambicioso!
Qué absurdo.
¿De verdad creía que ese niño de seis o siete años tenía lo que se necesitaba para competir con ella?
La mirada de Violeta destilaba una furia asesina cuando se volvió hacia su acompañante.
—Eliminar a un niño no es tan complicado, ¿verdad? Quiero que ese bastardo y esa mujer desaparezcan por completo.
El acompañante tragó saliva, nervioso, y miró a Violeta con preocupación.
—Violeta, si tu papá se entera de esto...
—Pues que no se entere —soltó Violeta, la voz baja y dura como piedra.
...
Italia, hotel.
Gastón y Griselda se escaparon del rancho para divertirse y, ya entrada la noche, terminaron quedándose en un hotel. Pero salieron tan apurados que, con la temporada alta de turismo, todos los hoteles de la zona estaban llenos. Solo había una habitación disponible. Así que, en pleno lío, terminaron los dos, hombre y mujer, compartiendo cuarto.
Gastón se acomodó en el extremo de la cama, tan tenso que apenas se movía. Un poco más y se caía al suelo.
En cambio, Griselda se veía tranquila. Observó a Gastón, que ocupaba apenas la orilla de la cama.
—¿Sigues entrenando o qué? Mira, tienes casi la mitad del cuerpo colgando.
A Griselda le dieron ganas de reír.
¿Será que este chico pensaba que ella se iba a descontrolar y lanzarse sobre él, nada más porque sí? —Tranquilo, yo no voy a lanzarme sobre un niño tan inexperto como tú.
A Gastón no le gustó nada ese comentario. ¿Por qué lo trataba como a un niño?
—Ya tengo veinte años.
Griselda se giró de lado para mirarlo, divertida.
—Ajá, veinte años... pues el muchacho de veinte ya debería dormir.
El sueño la venció y se quedó dormida de inmediato.
Gastón sentía el corazón acelerado. Miró a Griselda y no supo cómo poner en palabras lo que sentía...
De verdad confiaba en él.
Lo veía como a un niño, nada más.
Suspiró y, con cuidado de no despertarla, se levantó y salió al balcón.
Le habían llegado noticias de su país. Violeta ya se había enterado de que Cristóbal tenía una amante y un hijo.
Gastón se recargó en la silla de mimbre, encendió un cigarro y, mientras revisaba los mensajes en el celular, soltó una risa llena de ironía.
—¿Y tú quién eres para prohibírmelo?
—Ella es una víbora, ni siquiera es buena persona. Si sigues con ella, vas a acabar muy mal, Fabián... —Paulina tenía la voz temblorosa, casi al borde del llanto. El alcohol le revolvía la cabeza.
Quizá, en el fondo, era porque sentía que perdía el control de todo.
Fabián la miró un momento y luego le hizo una seña a la empleada doméstica.
—Paulina anda pasada de copas. Prepara la habitación de visitas para que pase la noche aquí.
La empleada asintió.
La noticia de que Paulina se quedó en la casa de Fabián esa noche no tardó en correr por todos lados.
Y desde el escándalo que armó Paulina en la puerta de Fabián, él ya llevaba una semana sin contestarle los mensajes a Violeta.
Violeta, por su parte, estaba que echaba humo.
Al enterarse de que Paulina había hablado mal de ella, le echó toda la culpa.
Así que, si las cosas eran así... tenía que eliminar todos los obstáculos. El hijo ilegítimo de Cristóbal, Paulina, esa rival... ninguno podía quedarse en su camino.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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