Fabiola terminó de hablar y se dispuso a abrir la puerta para marcharse.
—¡Tan desesperada estás por rebajarte así! —Sebastián explotó, su voz cargada de furia.
Fabiola, confundida, no lograba entender el motivo de su enojo.
—¿Ah, sí? ¿Y escuchar tus órdenes, casarme con alguien que trabaja para ti y pasarme la vida entera bajo tu control eso no es rebajarme? Sebastián, ¿qué eres tú para mí? ¿Ahora hasta mi matrimonio quieres decidirlo tú?
Zafándose del brazo de Sebastián, Fabiola ya no quiso perder más tiempo discutiendo.
—Ah, por cierto, el señor Agustín me prometió que, además de los treinta millones de pesos al año, también va a ayudar a reconstruir el orfanato.
Así, Sebastián ya no tendría ningún punto débil para amenazarla.
Por un momento, Sebastián se quedó sin palabras, sorprendido. De Agustín podía creerse que tuviera los treinta millones para “mantener” a Fabiola, pero ¿reconstruir el orfanato solo por ella?
Fabiola había estado a su lado cuatro años y nunca se le había ocurrido ayudar al orfanato.
¿Entonces qué buscaba Agustín?
—¿Sebastián? —la voz de Martina apuraba desde el otro lado de la puerta.
—Si es por el dinero, está bien, te lo doy. Treinta millones al año, te quedas conmigo como antes, no tienes que casarte con nadie… —cedió Sebastián al final.
No abrió la puerta. Se paró frente a Fabiola, cediendo: no tendría que casarse, y además le daría los treinta millones.
Qué generoso…
Aunque, para él, treinta millones no eran más que lo que gastaba en un bolso para Martina.
De pronto, a Fabiola le pareció que la vida era una gran broma.
A los diecinueve, ella no necesitaba treinta millones, le bastaba con un pastelito de treinta pesos, o un ramito de flores de unos cuantos billetes, y eso la hacía tan feliz que no podía dormir en toda la noche.
En su época más ingenua, le había preguntado bajito después de hacerlo: “¿Entonces sí somos novios?” Y él le había dicho que sí…
El rostro de Sebastián se endureció, frunció el entrecejo y le lanzó una mirada de advertencia a Fabiola para que se callara.
—Cuando estábamos juntos, la señorita Martina todavía andaba en el extranjero, casándose con extranjeros. Si nos ponemos a ver, Martina fue la que se metió en medio; ella fue la que arruinó nuestra relación —Fabiola miró a Martina, que cada vez se veía peor—. Ah, y que no se me olvide, hace rato tu prometido me ofreció treinta millones al año para ser su amante en vez de casarme.
—¡Fabiola! —Sebastián rugió, molesto por la actitud desafiante de ella, que ya no tenía nada de la docilidad de antes.
A Martina le temblaban los dedos de la rabia, y en sus ojos ardía una furia desbordada. Sin pensarlo, levantó la mano para abofetear a Fabiola.
Pero Fabiola le sujetó el brazo, y, frente a Sebastián, le devolvió el golpe con una cachetada.
Ella confiaba en que Agustín cumpliría su palabra y reconstruiría el orfanato.
Ya sin nada que perder, solo era una huérfana. Cuando no tienes nada, ¿a qué le vas a temer?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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