Gastón Lucero le sonrió a Noa Robles.
—Hola, Noa.
Noa también le devolvió una sonrisa amable.
—Pasen, por favor. Hubieran avisado que venían, para que le dijera al mayordomo que preparara la cena.
Cecilia Robles, tomando la mano de Gastón, sonrió con timidez.
—Solo traje a Gastón para que conociera a papá. No vamos a cenar en casa, pensábamos ir por unos antojitos cerca de su universidad.
La sonrisa de Noa se desvaneció un poco, con la expresión de una hermana mayor que no sabe qué hacer con las travesuras de la pequeña.
—Qué ocurrencia. Es la primera vez que Gastón viene, ¿cómo no se van a quedar a cenar? Esta noche no se van, tienen que cenar en casa.
Cecilia hizo un puchero y miró a Gastón.
—Bueno, está bien.
—Deben estar cansados del vuelo. Lleva a Gastón a que descanse un poco, ahora mismo mando que preparen la cena —dijo Noa, mirando el reloj—. El chofer fue por papá a la villa, llegará en unas cuatro horas, así que tienen tiempo para descansar.
Cecilia y Gastón asintieron y subieron las escaleras.
—Esta casa nos la compró mi papá a mis hermanos y a mí. Siempre nos pidió que fuéramos unidos, así que nos crio para que tuviéramos una buena relación desde chicos —explicó Cecilia mientras caminaban, poniéndolo al tanto de la situación familiar.
—Nunca había escuchado que en la familia Robles hubiera una hermana mayor —dijo Gastón, tanteando el terreno—. Tampoco me lo dijiste antes de venir. De haber sabido, le habría comprado un regalo.
Gastón asintió y dijo casi sin pensar:
—Parece que tu papá desconfía bastante de ella…
«La adoptó, pero ni siquiera la registró bajo su propio techo. Estaba claro que no quería que compitiera con sus hijos biológicos por la herencia».
—Yo también le pregunté a mi papá por qué había adoptado a una hermana si ya nos tenía a mi hermano y a mí. Me dijo que nosotros dos somos demasiado blandos y que, si no tenemos una daga en la mano, la familia Robles tarde o temprano terminará tan mal como las familias Lucero, Rodríguez y Barrera. —Cecilia se sentó en la cama y se dejó caer de espaldas con un aire de impotencia.
No entendía por qué las peleas entre las familias ricas nunca terminaban.
—Desde que tengo memoria, mi papá se fue a la villa con el pretexto de haberse retirado. Parece que no le importan los asuntos del mundo, que vive apartado de todo, pero en realidad está evitando los problemas, temeroso de que la familia Robles se vea arrastrada como las otras tres. —A veces, Cecilia pensaba que si fuera una chica de una familia normal, todo sería más sencillo, sin tantas intrigas.
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