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Florecer en Cenizas romance Capítulo 520

Dentro del Maybach, el silencio era absoluto, hermético. El aislamiento del exterior era total; el ruido de la ciudad desapareció. El aire acondicionado estaba al máximo, enfriando el ambiente caluroso. Olía a cuero nuevo y a una loción masculina sutil, a madera y cítricos.

Fabiola miraba por la ventana polarizada, viendo pasar los edificios borrosos, pero no registraba nada. Sus manos, apoyadas sobre su regazo, temblaban incontrolablemente. La adrenalina del enfrentamiento empezaba a bajar y dejaba paso a un temblor físico, una reacción tardía al miedo y a la furia.

Agustín no dijo nada. No le preguntó si estaba bien, no la presionó. Simplemente estiró la mano derecha hacia la consola central, tomó una botella de agua fría, le desenroscó la tapa con una sola mano y se la ofreció sin apartar la vista del camino.

Fabiola tomó la botella. Sus dedos rozaron los de él por un instante. La piel de él estaba caliente y firme. Ella se llevó la botella a los labios, bebió un trago largo y sintió el agua fría bajar por su garganta, calmando el nudo que tenía en el estómago. Respiró hondo, llenando sus pulmones.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la oficina de la presidencia del Grupo Barrera, se escuchó el estallido violento de un cristal.

Fabián, con el rostro descompuesto, lanzó un jarrón de porcelana china contra la pared opuesta. Los pedazos volaron por toda la alfombra persa, esparciéndose como metralla.

—¡Maldita sea! —gritó, y pateó su propia silla de cuero, volcándola.

Se pasó la mano sana por el cabello, despeinándose, respirando como un animal herido. Su muñeca derecha palpitaba con un dolor agudo e incesante.

Paulina, que estaba parada cerca de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, se acercó con cautela, esquivando los vidrios rotos.

—Fabián, cálmate, por favor... Ella no vale la pena. No te merece —dijo Paulina con voz suave, intentando sonar dulce. Extendió la mano para tocarle el hombro—. Míralo por el lado bueno. Ahora tienes el control total de la empresa. Es lo que queríamos, ¿no? Ella se fue sola.

Fabián se giró bruscamente hacia ella. Sus ojos estaban inyectados en sangre, abiertos de par en par.

—¡Lárgate! —gritó, y apartó la mano de Paulina de un manotazo violento—. ¡Fuera de mi oficina! ¡Fuera!

Paulina retrocedió dos pasos, asustada por la frialdad asesina en la mirada de él. Nunca la había rechazado así. El miedo le heló la sangre. Dio media vuelta y salió corriendo de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

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