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Florecer en Cenizas romance Capítulo 519

Fabiola caminó rápido por el largo pasillo alfombrado, pasó la recepción sin saludar a nadie y empujó las pesadas puertas de cristal de la entrada principal.

El aire caliente de la calle le golpeó la cara de inmediato, cargado de olor a asfalto y gases de escape. El ruido del tráfico de la avenida principal llenó sus oídos.

—¡Te dije que te detuvieras!

Fabián la alcanzó justo en la banqueta, bajo el sol del mediodía. La agarró del brazo derecho con fuerza, clavándole los dedos en la carne blanda cerca del codo. El jalón fue tan brusco que Fabiola casi pierde el equilibrio; tuvo que dar un paso atrás torpemente para no caer sobre el concreto.

—Suéltame —dijo Fabiola, intentando zafar el brazo con un movimiento seco, pero el agarre de él era como una tenaza de hierro.

—No vas a ir a ningún lado —Fabián apretó más fuerte, acercando su cara a la de ella. Tenía las venas del cuello saltadas y una gota de sudor le bajaba por la sien—. ¿Crees que puedes dejarme en ridículo frente a la junta directiva y largarte así nada más? Regresa ahora mismo a esa sala y discúlpate con Paulina. Di que exageraste, que estás estresada.

—Estás lastimándome, suéltame ya. —Fabiola forcejeó, sintiendo el dolor punzante en su brazo. La gente que pasaba por la calle —oficinistas, mensajeros— se detenía a mirar la escena, pero nadie intervenía. Solo observaban con curiosidad morbosa.

—¡Entra al edificio! —ordenó Fabián, tirando de ella hacia las puertas de cristal.

En ese momento, un rechinido agudo de llantas rompió el ruido monótono del tráfico.

Un enorme auto deportivo negro, un Maybach de cristales tintados, se subió a la banqueta a toda velocidad, frenando bruscamente a escasos centímetros de las piernas de Fabián. El calor del motor irradió hacia ellos.

Fabián soltó a Fabiola por el puro susto y retrocedió un paso, cubriéndose la cara con el brazo.

La puerta del conductor se abrió de golpe antes de que el motor se apagara.

Agustín Lucero bajó del auto. Llevaba un traje gris impecable, hecho a la medida, que se ajustaba a sus hombros anchos, y unos lentes oscuros que ocultaban sus ojos. No corrió, pero sus pasos eran largos, pesados y decididos sobre el pavimento.

Agustín lo soltó con un empujón despectivo, como si tocara algo sucio, y se colocó inmediatamente entre él y Fabiola, usándose a sí mismo como un escudo humano. Con una mano, acomodó suavemente el saco de Fabiola que se había desalineado en el forcejeo y la empujó suavemente detrás de su espalda.

Fabián se agarró la muñeca lastimada, respirando agitado, mirando desde el suelo los zapatos de piel lustrados de Agustín.

Agustín se inclinó ligeramente hacia Fabián. Se bajó un poco los lentes oscuros para mirarlo directamente a los ojos con una frialdad aterradora.

—Vuelve a tocarla y perderás esa mano. Te lo juro.

Sin esperar respuesta, Agustín se giró, abrió la puerta del copiloto del Maybach y ayudó a Fabiola a subir, protegiendo su cabeza con la mano para que no golpeara el marco. Cerró la puerta con suavidad pero con firmeza.

Luego rodeó el auto con calma, subió al asiento del conductor y arrancó el motor. El vehículo salió disparado, dejando una nube de polvo y humo sobre los zapatos de Fabián, quien seguía arrodillado en la banqueta, derrotado.

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