El comedor era tan grande que la mesa rectangular de madera negra parecía una pista de aterrizaje. Sin embargo, solo había dos lugares puestos, uno en la cabecera y otro a su derecha, en un ángulo cerrado, creando una atmósfera extrañamente íntima en medio de tanto espacio vacío.
Agustín ya estaba ahí. Se había quitado el saco y la corbata, y tenía las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos, dejando ver sus antebrazos fuertes.
—Siéntate —dijo él, jalando la silla para ella.
Fabiola se sentó. Frente a ella humeaba un plato de pasta cremosa con camarones y un toque de chipotle. Su platillo favorito. El que pedía siempre en su cumpleaños.
—¿También esto es parte de proteger la inversión? —preguntó Fabiola, intentando sonar sarcástica para ocultar su nerviosismo.
Agustín no respondió. Tomó la botella de vino tinto y sirvió una copa para ella y otra para él. Luego, tomó los cubiertos.
Sin preguntar, Agustín acercó el plato de Fabiola hacia él. Con movimientos precisos y rápidos, comenzó a cortar los camarones grandes en trozos más pequeños, manejando el cuchillo y el tenedor con una destreza automática.
Fabiola se quedó paralizada.
Su esposo Agustín hacía exactamente eso. Siempre le cortaba la carne o los mariscos antes de empezar a comer, diciendo que no quería que ella batallara. Era un hábito, un reflejo muscular.
Fabiola clavó la vista en las manos de él. Manos grandes, de dedos largos, con una pequeña cicatriz en el nudillo del dedo índice derecho.
Agustín terminó de cortar, devolvió el plato a su lugar frente a Fabiola y levantó la vista. Se encontró con los ojos de ella, fijos, interrogantes, cargados de una mezcla de esperanza y miedo.
El silencio se estiró entre los dos, vibrante. La tensión no era solo de duda; había una electricidad física innegable, el reconocimiento de dos cuerpos que se sabían de memoria.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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