La oscuridad de la habitación era total. Fabiola se revolvía entre las sábanas, atrapada en un sueño denso y asfixiante.
En su pesadilla, veía el auto de sus padres envuelto en llamas. El fuego rugía. Luego, la cara de Fabián aparecía entre el humo, riendo, con la credencial de ella en la mano, empujándola hacia un abismo negro. Caía, caía sin fin.
—¡No! —gritó Fabiola, despertando de golpe. Se sentó en la cama, con el pecho agitado y la frente empapada de sudor frío. —¡No, por favor!
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Agustín entró corriendo. No llevaba camisa, solo los pantalones de pijama. Estaba descalzo.
—¡Fabiola! —gritó, encendiendo la lámpara de la mesita de noche.
La vio temblando en el centro de la cama, con la cara bañada en lágrimas y los ojos desorbitados por el terror.
Agustín no lo pensó. El instinto fue más fuerte que cualquier plan o disfraz. Se sentó en el borde del colchón y la atrajo hacia él con fuerza, envolviéndola en sus brazos.
—Shhh, ya pasó, ya pasó. Estoy aquí —murmuró contra su pelo, acariciándole la espalda con movimientos largos y firmes.
Fabiola se aferró a su torso desnudo. Enterró la cara en su cuello, sollozando sin control.
—Estaban muertos... todos muertos... Fabián me empujó... —balbuceaba entre el llanto.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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