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Florecer en Cenizas romance Capítulo 528

El estruendo de los aplausos todavía resonaba en los oídos de Fabiola cuando bajó de la pasarela. El backstage era un hervidero de gente corriendo con percheros, modelos cambiándose a toda prisa y asistentes gritando órdenes por los radios.

Facundo se acercó a ella con una tablet en la mano, con una sonrisa que le partía la cara.

—¡Fabiola, mira esto! —gritó para hacerse oír sobre la música—. La aplicación que desarrolló el equipo de Agustín se saturó dos veces. Tenemos pedidos de preventa para toda la colección de invierno. ¡Se agotaron las existencias en quince minutos!

Fabiola miró los números en la pantalla, parpadeando, tratando de procesar la información. El cansancio de las últimas noches desapareció de golpe, reemplazado por una descarga de adrenalina pura.

—¿En serio? —preguntó, con la voz ronca.

—En serio. Eres un éxito total.

Fabiola avanzó entre el caos, buscando una salida hacia un lugar más tranquilo, cuando sintió una mano firme en su cintura. Se giró y se encontró con el pecho de Agustín.

Él estaba recargado contra una columna de concreto, lejos del bullicio principal, observándola con una intensidad que la hizo sonrojarse. No llevaba corbata y tenía el primer botón de la camisa desabrochado.

—Te lo dije —susurró Agustín al oído de ella, apretando suavemente su cintura—. Eres magnífica.

Fabiola se dejó sostener por él un momento, cerrando los ojos.

Mientras tanto, en la entrada principal del evento, la escena era muy distinta.

Paulina Barrera intentaba abrirse paso entre la multitud de fotógrafos y celebridades que querían entrar, pero dos guardias de seguridad enormes, vestidos de negro, le bloquearon el paso con los brazos cruzados.

—¿Saben quién soy? —gritó Paulina, con el maquillaje corrido por el sudor y la rabia—. ¡Soy Paulina Barrera! ¡Mi familia es dueña de la mitad de esta ciudad! ¡Déjenme pasar! ¡Sé que Fabián está ahí dentro! ¡Vengo a buscar a mi prometido! —gritó Paulina, desesperada por encontrar a alguien que la salvara del desastre, convencida en su delirio de que Fabián habría ido a espiar a la competencia.

Paulina tropezó y casi cae al suelo. Se quedó parada en la calle oscura, sola, mientras la fiesta continuaba adentro.

Arriba, en el balcón del segundo piso de la fábrica remodelada, Fabiola salió a tomar aire. Agustín le había pasado su saco para que se cubriera los hombros.

Fabiola se asomó por el barandal de hierro. Abajo, vio a Paulina gritándole a un taxi que no se detenía. Se veía pequeña, patética y derrotada.

Agustín se paró detrás de ella.

—¿Quieres bajar a decirle algo?

Fabiola negó con la cabeza. No sentía satisfacción, ni odio. Solo un vacío inmenso donde antes había rencor. Miró a Paulina una última vez, se dio la vuelta dándole la espalda a la calle y regresó al interior del salón, donde la música y los aplausos la esperaban.

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