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Florecer en Cenizas romance Capítulo 538

Fabián Gallegos salió del Hospital General arrastrando los pies. El aire de la noche era frío, pero él no lo sentía. Tenía la camisa desabotonada en el cuello, manchada de sudor seco, y el rostro desencajado. La risa cínica de Candela todavía resonaba en sus oídos como un zumbido molesto. No había hijo. No había amor. No tenía dinero.

Caminó sin rumbo hacia la salida principal, esquivando a familiares de pacientes que esperaban noticias en la banqueta. Se sentía mareado, como si el suelo se moviera bajo sus zapatos sucios.

Justo cuando iba a cruzar la calle para buscar su auto —que probablemente ya no tenía gasolina—, notó una limusina negra que había estado estacionada en la oscuridad de la esquina, con el motor en marcha. Al verlo salir, el vehículo avanzó lentamente, como un depredador acechando a su presa, hasta cortarle el paso frente a la entrada.

El chofer, uniformado, bajó rápidamente y abrió la puerta trasera.

Un par de zapatos de tacón alto, de suela roja, tocaron el pavimento. Luego bajó una mujer. Llevaba un abrigo de lana color crema, impecable, y el cabello recogido en un peinado elegante.

Fabián se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco violento en el pecho.

Ese perfil. Esa manera de levantar la barbilla. Y, sobre todo, la pequeña marca de nacimiento en forma de media luna detrás de la oreja izquierda, que quedó visible cuando ella se acomodó un mechón de pelo.

—¿Chloe? —susurró Fabián.

La mujer se giró hacia la entrada.

Fabián sintió una descarga eléctrica. Era ella. No la impostora de Candela. Era la verdadera Chloe, la niña que había sido su única amiga en el orfanato, la única persona que lo había entendido antes de que los Barrera lo adoptaran.

—¡Chloe! —gritó Fabián, con la voz rota por la emoción y el alivio.

Corrió hacia ella, tropezando con sus propios pies. En su mente delirante, pensó que esto era una señal divina. Había perdido todo, pero Dios le devolvía a su primer amor para salvarlo.

—¡Chloe! ¡Estás viva! —Fabián llegó hasta ella con los brazos abiertos, ignorando su propio aspecto lamentable.

La mujer lo miró. No había reconocimiento en sus ojos, solo un asco profundo y frío.

Antes de que Fabián pudiera tocarla, dos guardaespaldas enormes se interpusieron en su camino. Uno le dio un empujón en el pecho que lo mandó de espaldas contra el cofre de un taxi estacionado. El otro le barrió las piernas, tirándolo al suelo de cemento con un golpe seco.

—¡No la toques! —gruñó el guardia.

Fabián se quedó en el suelo, aturdido, mirando hacia arriba.

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