El departamento de lujo de Paulina Barrera era un caos. Había ropa de diseñador tirada por el suelo, cajones abiertos y zapatos esparcidos por todas partes.
Paulina estaba en la sala, con el cabello revuelto y el maquillaje corrido. Estaba metiendo fajos de billetes en efectivo y dos pasaportes falsos dentro de un bolso de viaje grande de marca Louis Vuitton. Sus manos temblaban tanto que se le caían los billetes al suelo.
—Maldita sea, maldita sea... —murmuraba entre dientes.
Acababa de recibir el aviso de su abogado: la orden de aprehensión por fraude y desfalco estaba en camino. Tenía que irse ya. El avión privado de un "amigo" la esperaba en el hangar privado en una hora.
De repente, la puerta principal se abrió de golpe, chocando contra la pared.
Héctor Barrera entró tropezando. Estaba pálido, sudando a chorros y con la camisa desabotonada.
—¡Paulina! —gritó al verla—. ¡La fiscalía me está buscando! ¡Congelaron mis cuentas!
Héctor vio el bolso abierto sobre la mesa de centro y los fajos de billetes. Sus ojos se abrieron con codicia y desesperación.
—¡Dinero! —Héctor se abalanzó hacia la mesa—. ¡Dame eso! ¡Es mi plan B! ¡Tengo que irme!
Paulina reaccionó rápido. Agarró el bolso antes de que él pudiera tocarlo y lo abrazó contra su pecho.
—¡No! —chilló ella, retrocediendo—. ¡Es mi dinero! ¡Yo lo saqué! ¡Consigue el tuyo!
—¡Hija malagradecida! ¡Todo lo que tienes te lo di yo! —bramó Héctor, perdiendo el control. Se lanzó sobre ella, agarrando las asas del bolso.
Empezaron a forcejear en medio de la sala lujosa. Padre e hija, peleando como animales acorralados por un botín de papel.
—¡Suéltalo! —gritó Héctor, jalando con fuerza.

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