El sol de la mañana brillaba sobre el césped verde del cementerio privado "Jardines del Recuerdo". El aire estaba fresco, limpio después de la tormenta de los días anteriores.
Fabiola caminó despacio por el sendero de grava. Llevaba un vestido negro sencillo y gafas oscuras. A pesar de que el médico le había recomendado reposo, ella había insistido en venir aquí antes de cualquier otra cosa. Necesitaba cerrar el ciclo.
Agustín caminaba a su lado, sosteniendo una sombrilla negra para protegerla del sol, su presencia sólida y reconfortante como una roca.
Fabiola se detuvo frente a tres lápidas de mármol blanco, perfectamente cuidadas.
Roberto Barrera. Elena Barrera. Javier Campos.
Se quitó las gafas y miró los nombres de su abuelo y sus padres.
—Hola, abuelo —susurró Fabiola, tocando la piedra fría con la punta de los dedos—. Perdón por no venir antes. Estaba... ocupada arreglando el desastre.
Hizo una pausa, tragando el nudo en su garganta.
—Ya pueden descansar. Se hizo justicia. Los que les hicieron daño ya no pueden lastimar a nadie más. Recuperé la empresa, abuelo. No la estructura podrida que dejó Fabián, sino tu legado. El honor de nuestro apellido.
Una brisa suave movió las hojas de los árboles cercanos, como un susurro de respuesta.
Agustín se adelantó y colocó un ramo de rosas blancas, las favoritas de la madre de Fabiola, sobre la tumba de sus padres.
—Señor Barrera —dijo Agustín, hablando a la lápida con respeto solemne—. Le prometí hace años que cuidaría de su nieta. Fallé una vez al dejarla sola, y casi me cuesta la vida. Pero le juro, frente a esta tierra sagrada, que dedicaré cada día que me queda de vida a hacerla feliz y a protegerla. Nadie volverá a tocarla.
Fabiola lo miró, con los ojos brillantes de lágrimas. Agustín le rodeó los hombros con el brazo y la apretó contra su costado.
—Vamos a casa —dijo él suavemente.

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