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Florecer en Cenizas romance Capítulo 550

La sala de interrogatorios de la Fiscalía Especializada en Delincuencia Organizada no tenía ventanas. Solo había una mesa de metal atornillada al suelo, tres sillas incómodas y un espejo de dos vías que reflejaba la imagen de un hombre derrotado.

Santiago Robles estaba esposado a la mesa. Llevaba el hombro derecho vendado bajo el uniforme naranja de prisionero, el dolor de la herida de bala pulsando con cada latido. Su cabello gris, siempre impecable, estaba sucio y revuelto. Pero sus ojos seguían destilando veneno.

El fiscal general entró, seguido por dos agentes federales. Detrás del espejo, Agustín y Sebastián Benítez observaban en silencio.

—Señor Robles —dijo el fiscal, sentándose frente a él y abriendo una carpeta gruesa—. Tenemos pruebas suficientes para encerrarlo tres vidas seguidas. Secuestro, intento de homicidio, lavado de dinero, conspiración...

—¡Todo es circunstancial! —gritó Santiago, interrumpiéndolo con voz ronca—. ¡Quiero a mi abogado! ¡Mis cuentas en el extranjero están blindadas! ¡No encontrarán un solo centavo que me vincule con esos sicarios!

El fiscal sonrió levemente, una sonrisa que a Santiago le heló la sangre.

—Ah, sobre eso...

La puerta se abrió de nuevo. Sebastián Benítez entró en la sala, cargando una caja de archivo llena de documentos físicos.

Santiago lo miró con odio. —¿Tú? ¿El perro faldero de Lucero? ¿Qué vas a hacer, Benítez? ¿Testificar en mi contra? Tu palabra no vale nada.

Sebastián dejó la caja sobre la mesa con un golpe seco. Sacó un legajo de papeles con el membrete oficial del Grupo Robles y lo deslizó hacia Santiago.

—No es mi palabra, Santiago —dijo Sebastián con frialdad—. Es la de tu hijo.

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