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Florecer en Cenizas romance Capítulo 58

—¿Esa no es Fabiola?

—¡No inventes! ¡Sí es cierto que la tiene alguien de amante!

Entre la multitud, algunos de los compañeros de Fabiola cuchicheaban.

Quienes la conocían no tardaron en murmurar, asegurando que Fabiola andaba mantenida por alguien.

Antes, Sebastián a veces se le ocurría ir a recogerla a la escuela una que otra vez, y como el carro que usaba era tan llamativo, alguien lo había fotografiado y subido a los foros, diciendo que Fabiola tenía un “sugar daddy”.

Fabiola nunca se atrevió a aclarar nada, temía meter en líos a Sebastián.

—Fabiola, ¿son tus compañeros? —Agustín, que ya había escuchado los comentarios, preguntó en voz alta sin soltarle la mano a Fabiola.

Los aludidos se quedaron mudos de inmediato, intercambiando miradas nerviosas.

—Eh… hola, sí, somos compañeros de Fabiola.

El corazón de Fabiola se le quería salir del pecho. Agustín imponía con solo estar ahí.

—Mucho gusto. Soy el esposo de Fabiola, legal, para que no haya dudas —dijo Agustín con una sonrisa ligera, mirando a todos.

La escena casi parecía un despliegue de pavo real, presumiendo a su pareja.

Agustín ya de por sí era guapo, no le pedía nada a ningún modelo famoso.

Nomás de pensar en cómo acababan de rematar el chisme, Fabiola podía apostar que para el día siguiente sería tendencia en el foro universitario.

Avergonzada, con la cara roja, Fabiola se apresuró a tomarle la mano y, jalándolo, se lo llevó casi corriendo hacia la calle de antojitos.

—Agustín, ¿no que íbamos a mantener el matrimonio en secreto? —le reclamó apenas se alejaron.

—Lo que dije fue que no haríamos una conferencia de prensa ni nada así, nunca dije que lo ocultaríamos si preguntaban —explicó Agustín con toda la seriedad del mundo.

Fabiola se quedó callada. Sentía que le zumbaba la cabeza, pero ya firmado el contrato, romperlo ni pensarlo, no le alcanzaba para pagar la penalización.

Ni modo, a seguir en la jugada.

—A Sebastián también le gustan las empanadas de aquí. Una vez le compré y me dijo que estaban buenísimas.

Pero el ambiente se puso aún más tenso.

Agustín solo la miró de reojo, soltó su mano y, sin hacer alarde alguno, se fue directo a platicar con el dueño de la empanadería.

—¿Oiga, amigo, tienen mesa?

—Claro que sí —contestó el dueño, limpiándose las manos en el delantal y señalando una mesa en la esquina—. ¿Eres amigo de Fabiola, verdad?

—¡Don! —Fabiola lo saludó con alegría, mientras tomaba un plato de empanadas y se lo llevaba a un cliente como si estuviera en su casa.

—¡Ay, niña, ya no trabajes! Trajiste a tu amigo, mejor siéntate. Yo les preparo una orden especial —dijo el dueño, sonriendo.

Fabiola le hizo caso y corrió a la mesa. Sacó una servilleta para limpiar el banquito de Agustín, luego una toallita con alcohol y le dio una buena repasada a la mesa, temiendo que él fuera quisquilloso.

Pero Agustín ni se inmutó. Se sentó sin hacer aspavientos y empezó a revisar el menú.

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