Fabiola se dio cuenta por primera vez de que en las tiendas de lujo ni siquiera hacía falta recorrer todos los pasillos. Solo con sentarse ahí, los empleados traían hasta los artículos más exclusivos y difíciles de conseguir, incluso aquellos modelos que ni siquiera estaban exhibidos en la vitrina.
Con una mezcla extraña de emociones, Fabiola levantó la mirada hacia la pared, donde estaban acomodadas esas bolsas de edición limitada. Eran esas mismas que decían requerían compras previas de hasta tres millones de pesos para siquiera tener derecho a comprarlas…
La última vez que había venido, apenas y le dirigieron la palabra.
Pero esta vez… la empleada casi se agachó frente a ella para mostrarle y explicarle todo.
—Señorita, me parece que ya la había visto antes, ¿no es así? ¿Ya nos había visitado? —preguntó la dependienta con una sonrisa.
Fabiola prefirió no contestar.
—¿Qué le parece este modelo? —intentó cambiar de tema la empleada, mostrándole otra bolsa.
Fabiola miró a Agustín.
—Mejor ya no compremos nada, ¿sí? Ni siquiera lo necesito.
Con su manera de ver las cosas y su estilo de vida, Fabiola sentía que todo eso era un exceso total. Una bolsa que costaba cientos de miles, hasta millones de pesos, en sus manos…
Por ahora, no tenía sentido alguno.
—De acuerdo, vamos a otro lado —respondió Agustín con respeto, sin presionarla en lo más mínimo. Solo eligió, con mucha calma, un par de bolsas y algunas joyas que a él le parecieron adecuadas, y las dejó a cargo del asistente para que hiciera el trámite con la tienda.
Fabiola ya no insistió, porque reconocía que Agustín tenía buen gusto: lo que escogió, iba perfecto con ella.
La dependienta la despidió casi haciendo fiesta, con una actitud que cambiaba con más vueltas que una montaña rusa.
Fabiola, distraída, siguió a Agustín sin saber a cuál otra tienda de lujo la llevaría.
—Vamos a la Avenida de los Susurros.
Ya en el carro, Agustín lo soltó como si nada.
Fabiola lo miró sorprendida.
—¿Avenida de los Susurros? ¿No es ahí donde está la zona de antojitos junto a la universidad?
—Ya que vine a comprarte el regalo de bodas, ¿no crees que tú también deberías darme un detalle? —le dijo Agustín, arqueando ligeramente una ceja.
Ahí fue cuando Fabiola cayó en cuenta: también debía darle algo a Agustín.
—¡Ah! Sí… pero… ¿qué podría regalarte?
No era para menos: era un carro de lujo que costaba millones y, encima, llevaba placas especiales. Incluso en Costa Esmeralda, algo así no se veía todos los días.
Al ver tanta gente reunida alrededor, a Fabiola le dio pena bajarse. Le susurró a Agustín:
—Agustín, la próxima vez que vengamos a este tipo de lugares, mejor nos venimos en metro, o en taxi. Si no, el dueño seguro va a pensar que le vamos a pedir descuento o que le vamos a regatear.
Agustín sonrió al verla tan seria.
—Perfecto, la próxima vez nos venimos en metro.
El corazón de Fabiola dio un brinco.
Agustín dijo “la próxima vez”…
¿Eso quería decir que pensaba seguir viniendo con ella?
Sintió las orejas arderle, pero se armó de valor y abrió la puerta para bajarse.
Sentía el corazón acelerado, pero de repente una sensación de miedo la invadió.
Si ya sabía que en el corazón de Agustín había otra, que nunca la iba a amar, que lo suyo no era más que un matrimonio por contrato… Si aun así se dejaba llevar por sus sentimientos, ¿no estaba, literalmente, cavando su propia tumba?

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