—Antes de irte a Italia, solo dedícate a estudiar, no te preocupes por nada más.
Fabiola debía tomar un curso intensivo de italiano durante seis meses antes de poder irse a estudiar a Italia. Si pasaba el examen, tendría el pase directo para continuar sus estudios allá.
Era una oportunidad que llevaba cuatro años preparando.
La valoraba enormemente.
—Gracias —dijo Fabiola, sonriéndole a Agustín.
En el fondo... ella siempre había sido una chica alegre, de esas que sonríen con facilidad.
—Sigues igual que cuando eras niña, cuando sonríes se te nota lo ingenua —murmuró Agustín, mirándola.
Fabiola no captó bien lo que dijo.
—¿Eh? ¿Qué fue lo que dijiste?
Agustín desvió la mirada hacia la ventana.
—Nada, solo que las empanadas de esta noche estuvieron deliciosas.
Fabiola lo miró entusiasmada.
—El jefe me enseñó la receta, yo también sé hacerlas, después te las puedo preparar.
Quizá fue un comentario sin pensar, solo porque imaginó que, al casarse, vivirían juntos... así que se le salió decirlo.
No tenía idea si a Agustín le molestaría.
—Va, me parece bien —contestó Agustín, para sorpresa de Fabiola—. Solo que no como jengibre.
Fabiola abrió los ojos, sorprendida.
—Yo tampoco como jengibre.
Agustín no agregó nada, solo siguió mirando por la ventana del carro y esbozó una sonrisa leve.
...
Residencial Zona Diamante.
Fabiola se enteró por Sofía, justo cuando Agustín se estaba bañando, que en realidad la Inmobiliaria Zona Diamante pertenecía a la familia Barrera de Ciudad de la Luna Creciente.
Todas esas mansiones impresionantes de Costa Esmeralda, de las que los ricos se sentían tan orgullosos, eran obra de los Barrera.
—La familia Barrera es de las más importantes en Ciudad de la Luna Creciente. Hace algunos años, eran los únicos que estaban al nivel de la familia Lucero —explicó Sofía a Fabiola.
Por eso mismo existía el compromiso entre la familia Barrera y Agustín.
—Con razón Paulina se siente tan segura —susurró Fabiola.
La familia Barrera, sí que tenía peso.
Se abrió la puerta y Vanessa regresó.
Fabiola, por reflejo, se levantó, queriendo irse a su cuarto para evitar a Vanessa.
—¿A dónde te vas? —Vanessa la atajó con voz fuerte—. ¿Dónde está mi tío?
—Él... está bañándose —señaló Fabiola hacia arriba; Agustín estaba en su cuarto.
—Qué descarada eres —bufó Vanessa, y volvió a la carga—. Nunca podrás siquiera compararte con mi mamá ni con la señora Paulina. A mi tío le das igual, no te quiere.
Fabiola miró de reojo hacia arriba, y al ver que Agustín seguía sin salir, se animó a responderle.
—Aunque tu tío no me quiera, igual se casó conmigo. Tú también tienes que decirme tía.
Vanessa, furiosa, pisó fuerte y sacó su celular, mostrándole una foto.
—Fabiola, qué poca vergüenza tienes. En el grupo de estudiantes ya todos vieron tus fotos, Sebastián ya lo confesó: estuviste con él por dinero durante cuatro años.
Fabiola, desesperada, le arrebató el celular y vio que la noticia estaba en tendencia... Sebastián había admitido públicamente que mantuvo a una estudiante durante cuatro años.
Sí, Sebastián había contado todo a los medios.
A Fabiola se le empezó a cortar la respiración. Sebastián estaba dispuesto a destruirla y de paso a presionar a la familia Lucero. Si la familia Lucero valoraba su reputación, jamás permitirían que Agustín se casara con una mujer señalada, y serían el hazmerreír del círculo empresarial.
Sebastián... qué manera tan cruel de hacer las cosas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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