Se sentía feliz y triste a la vez.
Si hubiera estado en su lugar, Vania no creía haber sido capaz de hacer lo mismo que Natalia.
Natalia la observó fijamente por unos segundos y luego le lanzó una mirada fulminante.
—¿De verdad no lo sabes o te estás haciendo la tonta?
—¿Eh?
Vania estaba más que confundida.
Natalia, asegurándose de que nadie la viera, sacó sigilosamente de su bolso un grueso tomo de cómics dibujados a mano y se lo plantó en las manos a Vania.
Vania no entendía nada.
—Léelo tú misma —dijo Natalia.
Vania lo abrió llena de curiosidad, pero la primera página casi la deja ciega.
Había hombres guapísimos por todos lados, especialmente el protagonista, con unos abdominales de infarto. La protagonista tampoco se quedaba atrás; era de una belleza irreal.
Sin embargo, Vania sentía que ese hombre le resultaba extrañamente familiar.
Siguió hojeando y descubrió que el resto era contenido para adultos.
Con el rostro rojo como un tomate, Vania le aventó el libro a Natalia.
—¡Dios santo! ¿Por qué me das a ver esto?
Sabía que Natalia leía esa clase de cómics desde la preparatoria, pero ya tenía más de veinte años, ¿cómo era posible que siguiera con las mismas mañas?
—Si mal no recuerdo, tenías novio. Nati, deberías casarte de una vez. Si sigues leyendo estas cochinadas todos los días, se te va a pudrir el cerebro.
—...
Natalia guardó el cómic con mucho cuidado, como si fuera un tesoro, y le dio un golpecito en la frente a Vania.
—Vania, definitivamente perdiste la memoria. A decir verdad, aunque estos años no nos vimos, cada mes recibía de manos del cartero una copia exclusiva de tu cómic, con los bocetos originales a mano. Eso me demostraba que aún me tenías en tu corazón.


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