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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 132

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La imponente figura de Hugo protegía a Cristina como si fuera un escudo inquebrantable. Cualquiera con ojos podía darse cuenta de lo mucho que le importaba.

El hombre dio un paso al frente, acercándose tanto a Vania que casi rozaban sus cuerpos. De él emanaba un tenue aroma a pachulí mezclado con notas dulces de un perfume de mujer.

Vania lo reconoció al instante. Era el perfume de Cristina.

Dio un paso atrás, marcando una clara distancia.

—No se acerque tanto, señor Yáñez. Después de todo, ni nos conocemos bien.

En sus ojos brillaba un desafío absoluto.

Cristina, más pálida que un fantasma, agarró por inercia la manga del saco de Hugo, temblando ligeramente. A ella no le importaba en lo más mínimo que la gente malinterpretara su relación con él. Lo que realmente la aterrorizaba era que Vania, que últimamente parecía poseída por el diablo, revelara a los cuatro vientos que ella y Hugo eran marido y mujer en secreto.

Todas las actividades en el salón de banquetes se habían detenido. Los invitados seguían con sus copas en la mano, fingiendo charlar, pero con los oídos bien atentos para no perderse ningún detalle.

Los ojos de Hugo se inyectaron en sangre, dándole un aspecto verdaderamente aterrador.

Vania se rio internamente.

¿Tanto le dolía que atacaran a su mujer?

Qué bien.

Así podría probar una fracción del sufrimiento que él le había causado aquel día.

Si atacar a Cristina lo hacía retorcerse de dolor, entonces, ¿por qué iba a desaprovechar semejante oportunidad?

La mirada de Vania se clavó en Cristina. Esta última sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su actitud altanera había desaparecido por completo; en ese momento, lo único que deseaba era que la tierra se abriera y se la tragara.

—Ven conmigo —ordenó Hugo.

Perdiendo por completo el control, le agarró la muñeca a Vania con fuerza y, sin importarle en lo más mínimo las miradas de estupor de la multitud, la arrastró hacia su ascensor privado.

En el instante en que las puertas se cerraron, antes de que Vania pudiera reaccionar, fue empujada contra la fría pared metálica. Los labios de Hugo se estrellaron contra los suyos en un beso brutal y repentino.

Fue entonces cuando Vania percibió el aroma con claridad. Era el olor del cóctel que él acababa de beber, mezclado con su habitual toque de pachulí.

Era alcohol, no el perfume de Cristina.

—Señora Yáñez, siempre tan arisca. Hasta me quitas las ganas.

Vania no pudo evitar poner los ojos en blanco.

Resultaba que Hugo Yáñez no era tan inalcanzable como todos creían. En el fondo, hombres como él tenían un ego desmesurado.

Pero ella ya no caía en ese juego.

—Señor Yáñez, no olvide sus propias palabras. En público, no tengo permitido presentarme como su esposa. Su gran amor sigue allá afuera esperándolo. ¿No le da miedo que se ponga triste si la deja abandonada por venir a buscarme? Hugo, si lo que quieres es darle celos a Cristina, búscate a otra. A mí no me metas en tus juegos.

Ella no pensaba ser el daño colateral en esa historia de amor de telenovela. ¿Creía que era estúpida?

El fuego en los ojos de Hugo se enfrió gradualmente.

Qué mujer tan malagradecida. Había sido él quien la sacó de ese nido de víboras cuando la estaban atacando.

Pero si ella no apreciaba el gesto, tampoco iba a rogarle.

—De ahora en adelante, cuando veas a Cristina... —su voz se volvió de hielo, cortando de tajo cualquier consideración hacia ella— aléjate de ella.

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