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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 133

La fiesta de nombramiento de Cristina había comenzado como un evento glorioso, pero terminó en un rotundo desastre.

Toda la empresa presenció cómo el señor Yáñez abandonó a su amada presidenta, tomó del brazo a la secretaria Zapata —a quien antes ni siquiera dirigía la mirada— y, sin voltear atrás, se encerró con ella en el ascensor privado.

Los rumores dentro del corporativo no se hicieron esperar. Fueron como una tormenta de arena que cubrió cada rincón en cuestión de segundos.

Cristina no tuvo más remedio que forzar una sonrisa y tratar de calmar las aguas.

—El señor Yáñez solo fue a recordarle un par de reglas a la secretaria. No es nada importante, por favor, continúen disfrutando —dijo.

Pero en el instante en que dio la espalda, su sonrisa desapareció, dejando su rostro tensó y sombrío. Al regresar a su oficina, se contuvo de romper cosas, temiendo arruinar su imagen recién obtenida. Lo único que pudo hacer fue arrojar todos los cojines decorativos contra el suelo con furia.

Vania...

¿Por qué tenía que ser siempre una piedra en su zapato?

Después de que Vania se marchó, a Hugo se le quitaron las ganas de volver a la empresa. Se quedó sentado en su auto, intentando encontrar un minuto de paz, cuando el tono del teléfono lo trajo de vuelta a la realidad. Era doña Dolores Yáñez.

Ocultando su evidente fastidio, deslizó el dedo por la pantalla para contestar.

—Hugo, dime la verdad, ¿cómo van las cosas con Vania? —preguntó la anciana sin rodeos.

Hugo no mostró ninguna emoción particular. Solo movió los labios con pesadez.

—Igual que siempre.

No ofreció más explicaciones.

—¡Pero eso no puede ser! Esta pobre anciana sigue esperando a su bisnieto. ¿La barriga de mi Vani todavía no da señales? Luna ya tiene cuatro añitos, ya está grande como para ayudar a cuidar a un hermanito.

Hugo miró por el espejo retrovisor. Sus propios labios estaban ligeramente hinchados, y aún conservaban un rastro borroso de sangre.

Con la actitud que Vania traía últimamente, ni siquiera le dejaba acercarse.

¿Un hijo?

En la próxima vida, tal vez.

Hugo fue lo bastante inteligente como para no arruinarle la ilusión a su abuela.

—Trataré.

Pero la anciana notó su tono evasivo.

—No intentes engañarme. Cristina ya se casó con otro hombre antes, es tu cuñada. No vayas a hacer una barbaridad codiciando lo que no es tuyo. Si ella se siente muy sola y quiere volver a casarse, yo misma le buscaré a un buen hombre. Pero tú no tienes permitido cruzar esa línea.

Era la forma en que doña Dolores dejaba clara su postura.

Cristina...

Hugo jamás había considerado la posibilidad de ligar su futuro a ella.

—No lo haré —respondió con agotamiento.

Todo el mundo creía que él y Cristina tenían un enredo turbio. Por eso Vania se comportaba como un puercoespín. Apenas se acercaba y ya le estaba clavando las púas. Y para colmo, lo malinterpretó de la peor forma.

La abuela dio un par de advertencias más, y al ver que él no tenía muchas ganas de hablar, dejó el tema por la paz.

—Cuando tengas tiempo, tráeme a Vani a cenar. Y a la pequeña Luna, por supuesto.

Vania no volvió a poner un pie en la empresa.

Cuando Luna salió de la escuela, ella hizo lo mismo de siempre: acompañarla con la tarea, cenar y acostarla a dormir.

Al día siguiente, Vania durmió hasta que el sol estaba en lo alto. Sin embargo, en Villa Ébano se presentó una visita indeseable: Sonia Salazar, la madre de Hugo y, por ende, su suegra.

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