Cristina se mordió el labio inferior con fuerza.
¿Ella debía pensar en algo?
En estos cinco años, siempre fue Hugo quien había tomado la iniciativa.
Él la consentía, la protegía y cumplía todos y cada uno de sus caprichos.
Jamás tuvo que mover un dedo para llamar su atención.
No necesitaba suplicar por su afecto ni arrastrarse como lo hacía Vania para recibir un poco del cariño de él.
Y ahora, de la nada, su suegra le exigía que hiciera algo. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar.
Hugo...
¿Acaso iba a tener que esforzarse para que él se enamorara de verdad?
—Lo entiendo, mamá —respondió.
Se quedó mirando por el ventanal de su oficina, apretando el teléfono entre sus manos.
Ya era hora de hablar con Hugo para exigirle que la hija de Vania fuera usada para las transfusiones de sangre de Xavier.
Desde el hospital, Hugo se dirigió directamente a Villa Ébano.
La segunda planta estaba sumida en un silencio absoluto.
Era un ambiente tan perturbador que hasta alguien como él, acostumbrado a manejar crisis de alto nivel, sintió un escalofrío en la espalda.
—¿La señora sigue arriba? —preguntó casi por inercia.
Marta, la empleada, tampoco lo sabía.
El rostro de Hugo palideció ligeramente y aceleró el paso por las escaleras.
Marta lo observó subir. Su preocupación era tan evidente que ya ni siquiera podía ocultarla. La mujer negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa triste.
Últimamente, el señor Yáñez parecía otro hombre.
¿De verdad no se daba cuenta de que, en el fondo, la señora Vania ya se había convertido en su mayor debilidad?
Al abrir la puerta de la habitación principal, Hugo vio a Vania recostada en la cama. Solo entonces su corazón volvió a latir a un ritmo normal.
Se quedó un momento contemplándola en silencio. Tenía los ojos cerrados, pero las muñecas aprisionadas por el metal estaban de un rojo alarmante.
Sintió una punzada en el pecho. La piel de Vania era tan delicada que parecía casi translúcida; se le notaban hasta las venas.
Ella no estaba hecha para soportar ese tipo de castigos físicos.
Un profundo e inédito remordimiento lo invadió por completo. Se maldijo a sí mismo por haberla dejado así.
Se acercó rápidamente. Ella no parecía percatarse de su presencia; su respiración era superficial, pero constante.
Hugo se inclinó y le dio unas palmaditas suaves en la mejilla.
—Vania... —la llamó por su nombre.
Al no recibir respuesta, dudó por un momento si se había quedado profundamente dormida o si había perdido el conocimiento.
Su rostro cambió al recordar el incidente con su madre. Ni siquiera sabía si las heridas que Sonia le había causado seguían doliendo.

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