—¿A dónde vas? ¿Al trabajo?
A Vania le tembló la comisura de los labios.
Le había enviado su mensaje de renuncia a Miguel.
Y dudaba mucho que ese soplón no hubiera corrido a contárselo a su jefe.
Hugo solo se estaba haciendo el tonto.
Pero él tenía su preciado libro en las manos.
—Trabajar...
Vania tragó saliva, nerviosa.
*Trabajar mis narices.*
Hugo le echó un vistazo a su ropa.
Estaba vestida de forma apropiada, no parecía que fuera a salir a divertirse.
Eso lo dejó un poco más satisfecho.
—Mhm. —Asintió, y sin decir nada más, comenzó a subir las escaleras con el libro en la mano.
Vania se moría por pedirle que se lo devolviera.
Abrió la boca un par de veces, pero no se atrevió a emitir ningún sonido.
Quizás, solo quizás, Hugo lo subiría, no lo revisaría y lo tiraría directamente a la basura.
Si ella demostraba estar demasiado ansiosa por recuperarlo, lo más probable era que él sospechara y lo abriera.
Vania agachó la cabeza, con la mente trabajando a toda velocidad.
No.
Definitivamente los cómics en la cajuela no podían quedarse ahí.
Lanzó una mirada furtiva hacia el segundo piso.
Hugo no había bajado.
Tomó las llaves del auto y salió huyendo como alma que lleva el diablo, arrancando el Maserati rosa a toda velocidad.
En cuanto estuvo al volante, llamó a Cherry sin perder un segundo.
—Tenemos que vernos. Ahora mismo.
—Enseguida, directora Zapata.
Desde aquella vez que recibió cinco millones en su cuenta de forma tan rápida, Cherry se había convertido en su empleada más leal.

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